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domingo, febrero 10, 2008

Xochimilco y "El tercer hombre"

El escuchar esta semana en "Locos por el swing" el tema de "El tercer hombre" me ha evocado una pequeña travesura de nuestra cultura familiar que solíamos hacer durante nuestros siete años de residencia en México allá por la década de 1980.




Siempre me ha parecido interesante el sistema comercial que abunda en las playas y que representa la antítesis de nuestros centros comerciales en los que se nos obliga a recorrer centenares de metros por callejones repletos de productos.
El sistema consiste en ir pasando delante de tí las secciones de bisutería, heladería, refrescos, etc. mientras estás relajado tomando el sol o simplemente sentado.


Cuando llegaba algún conocido desde España, una de las visitas obligadas era dar un paseo entre las chinampas por los canales de Xochimilco(1) donde existía una variante del sistema comercial de las playas.



La excursión(2) consiste en recorrer los canales en unas embarcaciones con fondo plano llamadas trajineras, placidamente sentados con la debida dotación de cheves(3) y otras bebidas y que pagas al acabar el viaje contando los envases vacíos.
Mientras avanzas por los canales, se acercan otras trajineras con los más variados productos, entre ellos elotes(4) asados. La música está presente con mariachis y marimbas que se colocan en paralelo a tu embarcación tocando la música que les pides.

A nosotros nos encantaba la música de marimbas y en su repertorio tenían típicas canciones como "La zandunga", "Alma llanera" o "La llorona".
Nuestra pequeña travesura consistía en tratar de poner en un aprieto a los marimberos y pedirles "El tercer hombre", composición que por supuesto no estaba en su repertorio, pero siempre salieron airosos dando muestras de su profesionalidad.


(1) Para ver la pronunciación de Xochimilco, podeis ver mi post "México o Méjico" .
(2) Mos amigos de allá, me comentan que desgraciadamente ya no es lo que era.
(2) Cervezas.
(3) Mazorcas de maíz.

¡¡Ni me menees!!

domingo, enero 20, 2008

Las potencias del alma


Hace unos días tuve la desafortunada ocurrencia de abrir el tomo XXXV del Espasa por la página 541, y pude leer lo siguiente:

Cuéntase de Mitrídates que hablaba veintidós lenguas y recordaba el nombre de todos sus soldados, Séneca retenía millares de palabras sin ilación alguna y las recitaba al instante en orden alfabético, Ben Johnson podía repetir todo cuanto había escrito y mucho de lo que había dicho en su vida y un tal Scaliger logró aprenderse la Iliada y la Odisea en tres semanas y el resto de los poetas griegos en tan sólo tres meses.

Abrumadores alardes de memoria, que al compararlos con mis dificultades para recordar nombres, números telefónicos, fechas de cumpleaños y sobre todo la fecha del aniversario de mi boda, me alarmaron hasta el punto de sentir la necesidad de un urgente autodiagnóstico neuropsiquiátrico.

La evaluación, afortunadamente, no reveló trastorno grave alguno -teniendo en cuenta mi edad geriátrica- pero intranquilo por el tema, busqué un autor, experto en asunto tan complejo como es la memoria, una de aquellas potencias del alma, que junto al entendimiento y voluntad, estudiábamos, siendo niños, en el Catecismo del Padre Ripalda.

Escogí - nadie más autorizado- a Aristóteles y las páginas de su obra más significativa, De memoria et reminiscencia:

La memoria es una facultad la cual, en cuanto espontáneamente pone en la mente lo pasado, recibe el nombre de mnéme o memoria y en cuanto hace esto mismo por medio de la investigación de la razón, se llama anamnesis o reminiscencia.
La imaginación se distingue de la memoria por cuanto ésta última supone la intervención de un sensible común, el tiempo, que nos conduce a una continuidad vivida o a imágenes-copias de experiencias anteriores.

Tras la lectura de esta parrafada filosófica me encontré sensiblemente peor que tras la consulta al Espasa. Y es que percibí, aterrorizado, que la lectura de los altos conceptos aristotélicos, añadía a mis problemas de memoria, algunas dudas sobre mi entendimiento.

Cómo sólo me restaba una de las potencias del alma -la voluntad- y esta parecía, de momento, no presentaba carencias, hice uso de ella: guarde raudo el texto de Aristóteles, cerré, con determinación el voluminoso Espasa y me tomé un comprimido efervescente de un complejo vitamínico-mineral, esperando el milagro.

¡¡Ni me menees!!