La paella campera
En el último post del blog un pequeño experimento de mi amiga virtual María comenta que para el fin de semana se le avecina una paella en barbacoa. Esto me ha traído a la memoria algo que escribí hace tiempo y al releerlo me ha dado la risa tonta y he pensado que a vosotros también os podría hacer gracia.
Todos tenemos en lo más profundo de nuestro ser cierta querencia por las costumbres domingueras, entre las que destaca con luz propia "La paella campera". Nadie se resiste a una invitación a semejante evento cuando la propone un grupo de amigos divertidos, entre los que se encuentra al menos uno que sabe hacerla con maestría.
Organizaron unos compañeros de trabajo de mi marido, de la noble casta de funcionarios, una paella en Alpedrete. En este caso, la experta cocinera además de su trabajo culinario aportaba el recinto campero, un chalet con parcela rústica propiedad de su familia. Nos juntamos cinco parejas con abundante prole de distintas edades, que rápidamente soltamos por la finca para su esparcimiento, de forma que los mayores pudiéramos concentrarnos para realizar el ritual de la preparación de tan barroco plato.
Dado que el chalet sólo lo usaban como segunda vivienda, todo el mobiliario del jardín lo tenían guardado en un cuarto trastero con un cierre metálico de esos que se abren de abajo hacia arriba. Por este motivo lo primero que se abordó fue intentar abrir el cierre para sacar las sillas y mesas, pero el primero que lo intentó fracasó de plano. A su auxilio fueron los compañeros masculinos, diciendo, ¡quita, quita!, déjame a mí. Varios negociados de esforzados funcionarios, por más que se empeñaron al unísono en empujar hacia arriba, no consiguieron mover el cierre ni un milímetro.
Resignados, pasamos al plan B de mínimos, sacamos una mesa de la casa para poner los útiles de cocina, renunciando a la comodidad de las sillas y las mesas. Con un espíritu entre hippie y bucólico cada uno buscó su trocito de monte donde aposentarse cómodamente. Se preparó el fuego de leña sobre el que se depositaría la paella de hierro que mágicamente transformaría el pollo, el marisco, las verduras y el arroz en un plato multicolor y sabroso.
A punto de finalizar la paella, el sector técnico de los funcionarios, capitaneados por el "perito Gallardo", intentó in extremis abrir el cierre con un gato mecánico. Este alarde de esfuerzo atrajo la atención de todos los comensales, dejando la paella abandonada a su suerte para que reposase. En esto, un gato, en este caso de carne y hueso, atraído por el aroma de tan exquisito plato y viéndolo tan abandonado, se dispuso a meter su zarpa para catarlo. Al grito de ¡el gato! todos lo mirones se fueron hacia la paella, dejando al perito haciendo vanos esfuerzos en solitario.
El perito, persona de gran corazón, le salió su lado más negro y corrió a coger el gato, para practicar el tiro al gato ante los gritos de los niños que decían ¡no! ¡no!. Gracias a Dios eso de que los gatos tienen siete vidas algo de verdad tiene y el gato aterrizó sin mayores problemas, para alivio de los asistentes.
La anfitriona estaba muy preocupada por el cierre bloqueado, temiendo que su madre, por la que sentía un gran respeto, la responsabilizase de la rotura. Cuando caía la tarde y nos disponíamos a partir, aparecieron su madre y su hermano. Cuando vimos a la madre, viuda de militar y de carácter adusto, comprendimos el temor de nuestra amiga. Pero más nos preocupó el tamaño súper-king-size del hermano, un auténtico armario de luna.
Lo primero que hizo el hermano fue dirigirse al trastero para abrir el cierre. En ese momento todos temblamos y hasta los niños se quedaron callados. El mocetón, con una mano, agarró el cierre y lo subió hasta arriba de un solo golpe. De repente, todos empezamos a reírnos de una forma compulsiva, algunos hasta se doblaban de la risa. La madre nos dirigió una mirada gélida que no consiguió parar nuestra hilaridad. Lo peor de todo es que no podíamos comentarlo, por eso, si se cruzaban dos miradas empezaba de nuevo la risa. Los niños estuvieron muy prudentes y no dijeron ni pío.
Así terminó nuestra paella campera bucólica, entre risas y sin que llegara la sangre al río.
Sección-Expedientes-X




Bajo esta denominación se agrupan los especímenes laborales de verborrea fácil, a veces acompañada de cierta humedad, que algunas malas lenguas denominan babas. Ejercen en altos despachos y visten de riguroso traje, tanto si es hombre como si es mujer.
Vivo en Madrid y muero cada mañana cuando tengo que desplazarme a mi oficina. En las calles y en las circunvalaciones no caben más coches, los vehículos atrapados y acorralados entre los de su misma especie avanzan con la lentitud de una tortuga, ignorando que existen marchas más allá de la primera.

A las mujeres de mi generación nos dio por estudiar, por trabajar y por ser independientes. Nos engañaron o nos engañamos nosotras mismas con eso de tener una carrera profesional, llevar una familia y ser una superwoman. He enterrado los mejores años de mi vida en la vacuidad de la vida laboral, y ahora que me doy cuenta del error: no puedo recuperar el tiempo perdido.





Cuando el hombre(1) empezó a jugar a ser Dios, creó los ordenadores, también llamados computadores. La limitación de recursos impidió a los hombres seguir los pasos de Dios y se circunscribieron a simular un cerebro humano(2). Por tanto, un ordenador es fundamentalmente un compuesto de memoria y capacidad de proceso que intenta emular el comportamiento de esa masa gris que escondemos bajo el peinado.



La gallina es un ave de corral, que cuando no está sometida a un régimen de producción exhaustivo vive muy ricamente en un estado de semilibertad asumida.



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