martes, octubre 18, 2005

La paella campera

En el último post del blog un pequeño experimento de mi amiga virtual María comenta que para el fin de semana se le avecina una paella en barbacoa. Esto me ha traído a la memoria algo que escribí hace tiempo y al releerlo me ha dado la risa tonta y he pensado que a vosotros también os podría hacer gracia.


Todos tenemos en lo más profundo de nuestro ser cierta querencia por las costumbres domingueras, entre las que destaca con luz propia "La paella campera". Nadie se resiste a una invitación a semejante evento cuando la propone un grupo de amigos divertidos, entre los que se encuentra al menos uno que sabe hacerla con maestría.

Organizaron unos compañeros de trabajo de mi marido, de la noble casta de funcionarios, una paella en Alpedrete. En este caso, la experta cocinera además de su trabajo culinario aportaba el recinto campero, un chalet con parcela rústica propiedad de su familia. Nos juntamos cinco parejas con abundante prole de distintas edades, que rápidamente soltamos por la finca para su esparcimiento, de forma que los mayores pudiéramos concentrarnos para realizar el ritual de la preparación de tan barroco plato.

Dado que el chalet sólo lo usaban como segunda vivienda, todo el mobiliario del jardín lo tenían guardado en un cuarto trastero con un cierre metálico de esos que se abren de abajo hacia arriba. Por este motivo lo primero que se abordó fue intentar abrir el cierre para sacar las sillas y mesas, pero el primero que lo intentó fracasó de plano. A su auxilio fueron los compañeros masculinos, diciendo, ¡quita, quita!, déjame a mí. Varios negociados de esforzados funcionarios, por más que se empeñaron al unísono en empujar hacia arriba, no consiguieron mover el cierre ni un milímetro.

Resignados, pasamos al plan B de mínimos, sacamos una mesa de la casa para poner los útiles de cocina, renunciando a la comodidad de las sillas y las mesas. Con un espíritu entre hippie y bucólico cada uno buscó su trocito de monte donde aposentarse cómodamente. Se preparó el fuego de leña sobre el que se depositaría la paella de hierro que mágicamente transformaría el pollo, el marisco, las verduras y el arroz en un plato multicolor y sabroso.

A punto de finalizar la paella, el sector técnico de los funcionarios, capitaneados por el "perito Gallardo", intentó in extremis abrir el cierre con un gato mecánico. Este alarde de esfuerzo atrajo la atención de todos los comensales, dejando la paella abandonada a su suerte para que reposase. En esto, un gato, en este caso de carne y hueso, atraído por el aroma de tan exquisito plato y viéndolo tan abandonado, se dispuso a meter su zarpa para catarlo. Al grito de ¡el gato! todos lo mirones se fueron hacia la paella, dejando al perito haciendo vanos esfuerzos en solitario.

El perito, persona de gran corazón, le salió su lado más negro y corrió a coger el gato, para practicar el tiro al gato ante los gritos de los niños que decían ¡no! ¡no!. Gracias a Dios eso de que los gatos tienen siete vidas algo de verdad tiene y el gato aterrizó sin mayores problemas, para alivio de los asistentes.

La anfitriona estaba muy preocupada por el cierre bloqueado, temiendo que su madre, por la que sentía un gran respeto, la responsabilizase de la rotura. Cuando caía la tarde y nos disponíamos a partir, aparecieron su madre y su hermano. Cuando vimos a la madre, viuda de militar y de carácter adusto, comprendimos el temor de nuestra amiga. Pero más nos preocupó el tamaño súper-king-size del hermano, un auténtico armario de luna.

Lo primero que hizo el hermano fue dirigirse al trastero para abrir el cierre. En ese momento todos temblamos y hasta los niños se quedaron callados. El mocetón, con una mano, agarró el cierre y lo subió hasta arriba de un solo golpe. De repente, todos empezamos a reírnos de una forma compulsiva, algunos hasta se doblaban de la risa. La madre nos dirigió una mirada gélida que no consiguió parar nuestra hilaridad. Lo peor de todo es que no podíamos comentarlo, por eso, si se cruzaban dos miradas empezaba de nuevo la risa. Los niños estuvieron muy prudentes y no dijeron ni pío.

Así terminó nuestra paella campera bucólica, entre risas y sin que llegara la sangre al río.

Sección-Expedientes-X

¡¡Ni me menees!!

domingo, octubre 16, 2005

Crueldad infantil

Tengo poca fe en el género humano y pienso que todos nacemos con una dosis de crueldad que manifestamos de forma transparente en la infancia y que practicamos, escondemos, olvidamos o superamos con la madurez.

En mis tiempos de la infancia, cuando se terminaba la primaria se realizaba el curso para el ingreso en el Bachillerato. Las alumnas del curso rondaríamos los nueve o diez años, por lo que se puede decir que éramos tiernas infantas. Empezábamos a sentir el espíritu gregario, por lo que aplicábamos la marginación social a las niñas que por algún motivo no encajaban en el rebaño. Una de estas niñas era Milagritos, que había cometido el terrible delito de ser tartamuda, siendo frecuentemente objeto de burla por las niñas bovinas, entre las que me encontraba cómodamente integrada.

La tutora de este curso era Sor Asunción, una monja muy bajita, con una dentadura perfecta -creo que era postiza- y una dicción más admirable que su dentadura. Se jactaba Sor Asunción de que nadie que hubiera pasado por su curso había salido sin pronunciar correctamente y aunque tenía sus logros en varios casos de frenillo(1), el caso de Milagritos era todo un reto para ella ya que además de ser tartamuda era sevillana.

Sor Asunción aplicó la terapia de Demóstenes, quien, según ella, era un magnífico orador que superó su tartamudez poniéndose pequeñas piedras debajo de la lengua que le forzaban a hablar más despacio venciendo de este modo su defecto. Como mujer innovadora, sustituyó las piedras por aceitunas con hueso que le daba a Milagritos para que se las comiera y dejara el hueso en la boca para practicar el método.

Milagritos no debía de tener mucha fe en el sistema, se comía las aceitunas y en cuanto podía escupía el hueso. Sor Asunción empezó a perder la paciencia al ver que no conseguía ningún progreso y que la niña iba camino de agotar las existencias de aceitunas del experimento. Empezó a ser una rutina que nada más entrar en la clase espetara la siguiente frase: ¡Milagros, enséñanos el hueso de aceituna!, contestando la aludida con gran esfuerzo me me... me... me lo... lo... lo he comido. Nos reíamos toda la clase de ella sin ningún disimulo, a pesar de que sus mejillas se teñían de rojo y su mirada se hundía,más que en el suelo, en el sótano o tal vez en el infierno. La monja, furiosa, además de perder la paciencia casi perdía la dentadura cuando le decía: ¡Anda rrrrrrrrrrica, rrrrrrrrrrrica, rrrrrrrrrrrica, estorrrrrrrrrrbo!.

Un día Milagritos se escapó del colegio, harta de tanta humillación inútil y de tanta soledad. No preparó bien la fuga y la Guardia Civil la encontró en la carretera haciendo autostop hacia Sevilla. Cuando volvió escoltada entre los dos guardias como si fuese una delincuente, no pude sino sentir admiración por ella y pena por mí. Nunca más me reí de Milagros; creo que ese día me hice mayor.


(1) El frenillo lingual se trata de un repliegue de la mucosa que va desde la base de la boca hasta la lengua que puede causar problemas en la pronunciación de ciertas consonantes.

Sección-Reflexiones

¡¡Ni me menees!!

miércoles, octubre 12, 2005

Saber delegar


Se suele pensar que somos más listos que los demás y que hacemos mejor las cosas que nadie, porque cuesta mucho admitir las propias limitaciones. ¿Quién no ha pensado que su jefe es tonto(1), que sus compañeros no le llegan a la suela del zapato(2) y que sus colaboradores no saben hacer la o con un canuto?. Por este motivo se tiene cierta reticencia a delegar, salvo en los casos de vagos redomados que aun teniéndose en muy alta estima prefieren que trabajen los demás.

Sirva como ejemplo un caso flagrante de falta de delegación que lleva años manifestándose a diario en la televisión. No sé el nombre del responsable, solo que pertenece a la O.N.C.E.(3) y por tanto es invidente. No soy compradora habitual del cupón y casi no veo la televisión, pero si oigo la musiquilla de "Es la ilusión de todos los días.." y estoy cerca de la tele, me acerco para comprobar si ya se ha bajado del burro y ha delegado mi desconocido desconfiado.

El programa en cuestión es un breve espacio donde se realiza en directo el sorteo del cupón de la O.N.C.E, emitido inicialmente por Tele-5 y ahora en Atena-3, a eso de las 21 horas. Al principio lo presentaba Carmen Sevilla(4), mujer tan entrañable y campechana como torpe. Le daba gracia y frescura al programa y un inmenso anecdotario de meteduras de pata. Sin embargo, lo más chocante del programa eran las "azafatas" que misteriosamente se alejaban bastante de la belleza e iban vestidas como verdaderos adefesios, pasadas de moda y con unas prendas de trapillo.

Pasó el tiempo y Carmen Sevilla cedió el testigo de la presentación del programa a otros presentadores, pero en toda la historia del programa se ha mantenido invariante las "azafatas", carentes de gracia, belleza y soltura, ataviadas para más inri con los trapillos infames que resaltan todos sus defectos. Esta línea continuada en la elección de las azafatas y su vestuario solo se puede achacar a que la persona que realiza la selección es un invidente, incapaz de delegar en un vidente(5).

Con el siguiente ejemplo no quisiera herir la sensibilidad de las personas ciegas, a las que admiro y por las que siento un gran respeto. Sé que son capaces de estudiar lo que se propongan, de poder vivir independientemente, de formar y cuidar una familia y de ser magníficos profesionales. Pero tienen una limitación, en este caso muy evidente, que es la ceguera y es conveniente que deleguen cuando sea necesario.

En el caso de los que tienen limitaciones menos evidentes, además de no poder hacer chistes fáciles, los tenemos que sufrir todos los días, pero en la vida real en vez de en la TV.


(1) Cosa que suele ser cierta en el 99,99% de los casos
(2) Lo mismo pensará su madre
( 3)La ONCE (Organización Nacional de Ciegos Españoles) es una Corporación sin ánimo de lucro con la misión de mejorar la calidad de vida de los ciegos y deficientes visuales de toda España. Una Institución de carácter social y democrático. (fuente: http://www.once.es)
(4) Mi hijo mediano no se podía creer que la pizpireta mujer con cintura de avispa de la película de "Violetas imperiales", era la misma que la que presentaba el cupón.
(5) No me refiero a los Rapeles ni a las Aramís

Sección-Reflexiones

¡¡Ni me menees!!

sábado, octubre 08, 2005

Siniestro total III

Dicen que a la tercera va la vencida y así ha sido en este caso. Después de diecisiete años de una vida en común con mi halcón milenario, y superar una amenaza de siniestro total (ver siniestro total I) y las secuelas de la superación de la crisis (ver siniestro total II) he tirado la toalla y me he comprado un coche nuevo.

Me ha dolido dejarlo en prenda para el plan renove, pero el halcón milenario era una amenaza para mi objetivo en la vida: llegar a centenaria. No quería que un accidente de circulación truncara mi estupenda carrera de maduración que va camino de convertirme en una "gran reserva". Sus carencias las iba asumiendo con paciencia, resignación y estoicismo. Podía soportar que no tuviera dirección asistida porque aparcar mantenía mis bíceps en forma. Era capaz de aguantar los rigores del verano y soportar temperaturas de más de cuarenta grados con el único alivio del tórrido airecillo que entraba por la ventanilla. Había asumido como normal llevar 2 litros de agua para cuando se encendía el piloto del radiador, un día sí y otro también. Me había resignado a circular por el carril de la derecha a un máximo de 100KM/h porque no me entraba la quinta marcha. Pero la gota que colmó el vaso fue que el pedal del freno tenía un recorrido infinito y una respuesta casi nula para el frenado. Si bien la velocidad de crucero del halcón milenario era modesta, el miedo ante un posible frenazo y la carencia de airbag ponían en peligro mi integridad física.

Llevo una semana con mi nuevo coche y el cambio de prestaciones me recuerda la escena de la película Odisea del espacio 2001 en la que un mono lanza hacia arriba un hueso que empieza a girar (música: Así habló Zaratustra) y que de repente se convierte en un boli que flota en un espacio sin gravedad de una nave espacial (música: El Danubio azul). He pasado de la música envolvente y trágica del Amanecer de Richard Strauss a la suavidad del vals de Johann Strauss. Bajo las notas de tarirorarí tarí tarí,... me desplazo en un coche con dirección asistida, climatizador, airbag delanteros y laterales, una caja de cambios suave en la que entra la quinta marcha, un acelerador que acelera y unos frenos ABS.

Cambié la tecnología alemana por la japonesa: mi nuevo compañero de viaje es un Toyota Corolla. Mis compañeros de trabajo me hacen bromas sobre la marca porque hace años escribí algo bastante irónico sobre un propietario de un Toyota, al que apodábamos El toyoto. No creo que la marca me vuelva tan necia como a él, cruzo los dedos.

En honor al halcón milenario he conservado el mismo color, el blanco y espero que me acompañe también durante otros tres lustros, pero con mejor salud mecánica que el golf.

Sección-Expedientes-X

¡¡Ni me menees!!

martes, octubre 04, 2005

La foto

Estando en un lugar encantador llamado La Tertulia, le pedí a mi marido que me hiciese una foto, a lo que se negó a pesar de mi insistencia -que fue mucha-. Este suceso me recordó un episodio de mi infancia, muy similar pero en este caso era mi hermana en vez de mi marido la que me negó el capricho.

Tenía yo siete años y estaba en el internado con mi única hermana, cuatro años mayor que yo. Había venido un fotógrafo para hacer unas fotos oficiales y las monjas permitieron que las que quisieran hacerse fotos, a título personal, podrían hacérselas. Aunque era consciente de que no había sido agraciada con los dones de la belleza, quise hacerme una foto con la esperanza de salir aceptable. La verdad es que mi optimismo era mucho, ya que por aquel entonces era un amasijo de huesos cubiertos por una piel cetrina y áspera, con las rodillas como un Santo Cristo(1) en las que iban apilándose las pústulas de mis sucesivas caídas, la cabeza rematada con un pelo marrón grisáceo, sin brillo, que llevaba corto con un flequillo a media frente(2). De aquella época sólo recuerdo que destacaban unos ojos expresivos que llevaba siempre muy abiertos para no perder detalle. Con el ansia de hacerme la foto, busqué a mi hermana para que me la pagase, ya que ella administraba el dinero de las dos, pero se negó en redondo. De nada sirvió mi insistencia, que derivó en llanto silencioso para pasar a otro más estruendoso, pero su corazón era insensible a mis súplicas.

Allí quedé en el pasillo, mohína, entre un mar de llanto que se confundía con los mocos que empezaban a brotar de mi nariz, abandonada por mi hermana que se marchó aburrida de oír mis lamentos. De esta guisa, cual dolorosa con siete puñales atravesados en mi corazón de siete años, me encontró el fotógrafo y el hombre, de buen corazón, me preguntó qué me pasaba. No podía articular las palabras, que salían entrecortadas entre el hipo del llanto y la emoción de que alguien se interesase por mí. Cuando conseguí explicarle el motivo de mi desdicha, el hombre me limpió los mocos, me sentó en el alféizar de una ventana, me colocó las manos sobre las rodillas y me fotografió. Conservo como oro en paño la foto de este buen samaritano, en la que se aprecia al fondo una gran ventana con rejas y en el alféizar una niña sentada con un uniforme oscuro, una camisa blanca, un flequillo a media frente y unos ojos vidriosos por el llanto pero con una media sonrisa por la satisfacción de lograr un deseo, algo parecido al arco iris.

Ese día conocí, a tan temprana edad, la tiranía de los que impiden que se hagan realidad los deseos de los otros, imponiendo su criterio, pero también descubrí que existen personas a las que les gusta ayudar a los demás para alcanzar sus anhelos. Desde aquel día decidí ser del segundo grupo.

(1) Esta expresión me la decía mucho mi madre.
(2) No llevaba gafas, por lo que no puedo decir que fuera como Betty la fea.


Sección-Reflexiones

¡¡Ni me menees!!

sábado, octubre 01, 2005

Singermorning

Dedicado a Google porque gracias a él Itziar encontró la sección femenina buscando la palabra singermorning y yo pude conocer su blog Para mis sufridores . Este post se publicó hace tiempo en la sección femenina (versión web) y el paso del tiempo lo ha respetado.

Bajo esta denominación se agrupan los especímenes laborales de verborrea fácil, a veces acompañada de cierta humedad, que algunas malas lenguas denominan babas. Ejercen en altos despachos y visten de riguroso traje, tanto si es hombre como si es mujer.

Algunos se resisten a utilizar la denominación inglesa y prefieren llamarlos cantamañanas, pero sin duda esta acepción está ya un poco manida y desvirtuada. El término spanglish le dota de una nueva dimensión en lo internacional.

El singermorning es un experto en aprenderse el glosario de términos del entorno laboral al que pertenece y no precisa de mayor profundidad en la materia, para eso están los técnicos que nunca llegarán a ningún lado. Por este motivo le resulta muy fácil cambiar de actividad. Por poner un ejemplo al azar, no les cuesta mucho pasar del negocio del tabaco al de las telecomunicaciones, a fin de cuentas en ambos entornos hay mucho humo y trabajar en ellos perjudica seriamente la salud.

Su herramienta de trabajo por antonomasia es el PowerPoint, descartando de antemano cualquier otro programa del Office. En el Word son incapaces de hilvanar frases y párrafos, porque estando su cultura basada en el glosario de términos, no les da cancha para llenar más de dos páginas. El Excel escapa de su capacidad de cálculo, el Access y el Project no saben ni que existen. Donde se sienten como pez en el agua es con las diapositivas del PowerPoint, llenas de colores brillantes y animación. Las letras aparecen volando, y desaparecen como arrastradas por un tornado. Este dinamismo enmascara la vacuidad del mensaje porque con la rapidez con que pasa por los ojos, el cerebro no llega a percibir su falta de contenido.

Aunque se da el caso del singermorning que nace ya en el colegio o en la Universidad, existe una variedad que se hace con el paso de los años. A este último grupo pertenecen los que siguieron el camino de Séneca, pero al final le dieron la razón a Claudio (el marido de Mesalina). Los singermorning hechos a sí mismos, generalmente por razones de supervivencia, empezaron a olvidar, dejando que la nada invadiese su cerebro hasta dejar un conocimiento equiparable al glosario.

Pero la vida no es fácil para los singermorning. Mantener un aspecto impecable, ir siempre afeitados (ellos), llevar el peinado perfecto (ellas), estar morenos en invierno, aparentar siempre buen humor, asistir a mesas redondas y eventos, buscar con desesperación dibujos originales para el PowerPoint, etc.., son actividades que limitan mucho la calidad de vida y no todo el mundo está dispuesto a renunciar a su espacio de libertad.

No obstante, existe un crecimiento sostenido de singermorning en la fauna laboral, motivado por la existencia de recursos para su supervivencia y por la falta de depredadores que los incluyan en su menú.

Desde luego, con el cerebro de un singermorning Hannibal Lecter no tendría ni para el aperitivo.

Sección-Fauna Humana

¡¡Ni me menees!!

miércoles, septiembre 28, 2005

Sardinas en lata

Vivo en Madrid y muero cada mañana cuando tengo que desplazarme a mi oficina. En las calles y en las circunvalaciones no caben más coches, los vehículos atrapados y acorralados entre los de su misma especie avanzan con la lentitud de una tortuga, ignorando que existen marchas más allá de la primera.

Un aciago día llevé mi anciano coche al taller para que le hicieran una revisión previa a la ITV y un lifting de chapa del que estaba muy necesitado. Para ir a la oficina no tenía otra opción que el transporte público, a saber: el metro y el autobús. Me dispuse por la mañana, recién duchada, maquillada y peinada a bajar las escaleras del metro. A los dos minutos vino el primer tren mostrando una imagen apocalíptica de manos, mejillas, narices, codos, frentes, cabelleras y calvas aplastadas contra el cristal de puertas y ventanas, todo ello como una argamasa humana unida por la propia presión de los cuerpos(1) . En el andén esperaba una doble fila de los sufridos usuarios de los servicios de transporte público. El tren paró y se abrieron las puertas, no salió nadie y alucinada comprobé que donde no había espacio entraban otras diez personas más, a fuerza de codazos y empujones. Me sentí incapaz de hacerme sitio por este procedimiento y dejé pasar el tren. Esta escena se repitió unas seis veces hasta que llegó un tren en el que se podía entrar sin despachurrar a nadie. El calor dentro del vagón era pegajoso y mi refrescante ducha estaba perdiendo toda su eficacia, el maquillaje se derretía y el pelo languidecía mimetizándose con el ambiente mucilaginoso. Cuando salí del vagón de metro parecía que volvía de la guerra y aún me quedaba tomar el autobús. Mansamente me coloqué en una infinita cola del 115 y conseguí subir en el tercer autobús.

Si sumáramos esta experiencia inhumana a la circunstancia de que era lunes, no se podría concebir peor inicio de la semana laboral. Al finalizar el día, busqué desesperadamente algún alma caritativa que fuese en dirección a mi zona residencial, pero solo encontré adictos al trabajo que salen a las 10 de la noche de la oficina. La debilidad se adueñó de mi voluntad y me marché a casa en taxi, con el consiguiente dispendio innecesario.

El martes volví a bajar las escaleras del metro -esta vez con mayor conocimiento de causa- y me dispuse con paciencia a dejar pasar los trenes hasta que viniese uno ocupado al 98%. A mi lado en el andén había una rubia de bote, vestida toda ella de color hueso, con los complementos del mismo color, que parecía que acababa de salir de la portada del Vogue. Me dije para mí: me apuesto lo que sea a que esta empuja y le clava los tacones de aguja a quien se le resista. Efectivamente, la rubia se metió en el vagón embistiendo como un toro, restregando su maquillaje por toda prenda que se le pusiese a su alcance y haciéndose hueco sin importarle que sus delicadas prendas se ajasen. El resto de la semana me aclimaté, sin perder nunca la dignidad y me parecía que toda la vida había sido una sardina enlatada pero que hasta ese momento no lo había percibido con tanta nitidez.

Ahora, desde mi coche, totalmente enlatada en la M-30, al menos dispongo de un espacio suficiente para respirar, puedo escuchar la radio y charlar con mi amiga que viene conmigo desde hace años(2). De esta experiencia, además del horror al contemplar con que facilidad pierde la gente la dignidad, me queda una duda:

Si el Sr. Gallardón tomase el metro en la hora punta de la mañana, ¿se comportaría cómo la rubia de bote o cómo una servidora?(3)


(1) Ni el Bosco podría imaginar esta escena en la parte derecha de su tríptico de El jardín de las delicias.
(2) Aún tengo remordimientos desde la última vez que, por tener también el coche en el taller, la abandoné a su suerte y el shock la llevó al hospital durante dos semanas.
(3) Mi hija, la benjamina, que derrocha lógica pragmática por todos sus poros, dice que vaya tontería, Gallardón jamás tomaría el metro en hora punta, ni en otra hora que no fuese la de la inauguración.

Sección-Sapos y culebras

¡¡Ni me menees!!

sábado, septiembre 24, 2005

Las puertas del noveno

En el rellano del noveno, las cuatro puertas, ofrecen grandes oportunidades de negocio para los cerrajeros. Se cierne sobre él la maldición de la puerta cerrada sin posibilidad de abrirla con su llave.
En la letra A se aloja un matrimonio octogenario, a su lado, en la letra B, vive un señor mayor, solo. El Piso C está habitado por una mujer recién divorciada y sus dos hijos. En la puerta D se encuentra la casa de una pareja de recién casados que conozco y que me contó los muchos y extraños sucesos que han provocado que la visita del cerrajero sea algo habitual en la planta novena.

Mis amigos de la letra D paran poco por casa, ambos trabajan y cuando llegan a su vivienda es para cenar. Suelen utilizar de forma alternativa el telechino o la telepizza. Estas costumbres tan poco enraizadas en la tradición culinaria española han despertado la curiosidad de los vecinos octogenarios que viven enfrente de ellos. La señora no aprueba esos métodos alimenticios y de vez en cuando les hace una cena "como Dios manda". El señor tampoco se queda al margen y a veces les compra verduras para que su alimentación sea más sana. Pero estos vecinos son muy prudentes y nunca traspasan el umbral de la puerta para no inmiscuirse en la intimidad de la pareja.

Al poco de instalarse allí, un fin de semana golpeó en su puerta el vecino de abajo para advertirles de que su vecina de la letra C estaba pidiendo socorro y que le dejaran entrar para ver qué se oía a través de la pared colindante. Los recién casados estaban durmiendo y no habían oído nada. Al abrir la puerta se encontraron con que venían más vecinos al oído de la llamada de auxilio y que se colaban en la casa. Todos pensaban que la tragedia estaba servida porque la mujer en apuros estaba recién divorciada y se la imaginaban al borde de la muerte. De esta manera, con el pijama aún puesto se encontraron con la casa llena de curiosos y, lo que son las cosas, se interesaban más por las reformas de la vivienda que por la suerte de la vecina que pedía ayuda. La cosa fue más leve de lo que se pensaba, simplemente se había quedado encerrada en la terraza y pedía ayuda para salir. Todo se arregló con la visita del cerrajero.

Después de este incidente mis amigos de la letra D tuvieron que llamar dos veces al cerrajero porque la puerta no se podía abrir, pero ambas ocasiones estaban exentas de parafernalia anecdótica. Ha sido la última visita del cerrajero, que paso a describir, la que goza de todos los elementos de una puesta en escena teatral que va desde el vodevil al drama.

Detrás de la puerta D había reunión familiar; se celebraba el cumpleaños de la joven esposa. Era una reunión muy íntima, se habían reunido a comer tan solo con sus padres. A la hora de servir el café, la madre de ella propuso invitar a los vecinos octogenarios ya que eran tan amables con la pareja. Cuando llamaron a la puerta A para invitarles a tomar el café, los vecinos se resistían bajo la excusa de que ellos no querían turbar la intimidad de la celebración. Después de la consabida discusión con sus tira y afloja, finalmente accedieron a la propuesta.

No sé si la falta de costumbre o lo imprevisto de la invitación, puso al matrimonio octogenario nervioso y salieron dejando las llaves puestas en la cerradura interior. La puerta se cerró y no se podía abrir desde fuera. Lo que en principio era una celebración, se tornó en otra cosa. Una vez dentro de la puerta D, en vez de tomar café se pusieron a buscar el teléfono del seguro para que enviase a un cerrajero. Sin embargo, el señor mayor se resistía a una solución tan drástica y buscó otra alternativa para abrir su puerta.

En la Letra B ya no se encontraba el señor que vivía solo, había fallecido hacía dos días, pero estaba su la familia. El abuelo de la puerta A vislumbró una solución: el truco de la radiografía para abrir el resbalón de la cerradura. Ni corto ni perezoso de dirigió a la letra B y tras dar el pésame a la familia les pidió que buscasen una radiografía, que él sabía que hacía poco se había hecho el difunto. Los deudos del muerto abandonaron sus duelos para buscar la radiografía y cuando la encontraron se la entregaron al octogenario.

Cada vez había más gente en el descansillo, los que llegaban le daban el pésame a la familia que estaba en duelo y se unían al coro de mirones que observaban el intento de abrir la puerta con la radiografía. En un momento dado, el octogenario le preguntó a la familia del fallecido si no les importaba que doblase la radiografía, a fin de cuentas ya no les hacía falta. Pero tras muchos intentos, aunque movieron el resbalón no pudieron abrir la puerta y al final vino el cerrajero a hacer caja.

Me imagino que desde el cielo el difunto estaría tronchándose de risa viendo a sus vecinos luchar contra la maldición de la puerta.

Sección-Expedientes-X

¡¡Ni me menees!!

miércoles, septiembre 21, 2005

Un mundo feliz

Son muchos los autores que han elegido este tema para disertar, pero para los que imaginan un mundo futuro, sin duda Aldous Huxley sentó cátedra con su libro "Un mundo feliz"(1). Remontándonos al pasado, ha llovido mucho desde que Dios expulsó al hombre de paraíso(2) y lo maldijo diciendo "Ganarás el pan con el sudor de tu frente". Desde ese instante se creó la necesidad de "buscarse la vida" en detrimento de "disfrutar de la vida" y la curva de la felicidad cayó en picado para satisfacer las tres "ces" del bienestar: calor, comida y compañía.

Los humanos encontraron diversas maneras de solucionarlo y pronto aparecieron las desigualdades. Los más fuertes acaparaban la triple C y los más débiles sucumbían ante la carencia de recursos. Algunos débiles, a fuerza de necesidad, razonaron "más vale maña que fuerza", y triunfó la inteligencia manipuladora sobre la fuerza bruta. En ese punto nació la clase de los listillos, que puso a los fuertes bajo su dominio y los dedicó a las tareas de producción o de la guerra para que liberaran sus excedentes de energía. Los listillos, que tiene distintas acepciones según el lugar y la época(3), pronto olvidaron las penurias que pasaron y se olvidaron de hacer un reparto igualitario de los recursos.

La desigualdad ha prevalecido hasta nuestros días y se manifiesta en dos facetas extremas: una amable de la abundancia y otra espantosa de la necesidad. A los que les toca nadar en la abundancia se encuentran liberados de la maldición divina, el resto están en el punto de partida de la expulsión del paraíso. Pero el mundo feliz de Aldous Huxley se basa en hacer que la desigualdad sea aceptada como buena y que cada clase de individuo se sienta satisfecho con lo que le ha tocado en suerte(4). Se fabrica el individuo fuera del claustro materno a la media de las necesidades de la Sociedad y se le condiciona para que sea un consumista feliz, todo bajo el manto protector del Estado.

Los listillos de este mundo feliz lo planifican todo, hasta la fecha de la muerte a los 60 años. Clasifican a los individuos y les dosifican los recursos mínimos para suministrarles la sensación de felicidad. En la cima de este mundo feliz están los individuos alfa, orgullosos de ser la élite por lo que asumen de buen grado sus responsabilidades acordes a su capacidad. A los beta, situados en un segundo nivel, no les importa estar en una escala inferior al verse liberados de las responsabilidades de los individuos alfa, que a ellos les abrumarían. En los últimos escalones los gamma, delta y épsilon, seres clonados hasta donde da de sí la biotecnología, son una nueva variedad de esclavos satisfechos de serlo(5). En resumen, un mundo feliz con varios paraísos paralelos (para-lelos) de oro, plata y bronce.

Siempre he buscado en los libros de ciencia-ficción la forma de asomarme al mañana y no me había parado a pensar cómo ve el futuro un niño de cuatro años que no levanta cuatro palmos del suelo y que comienza a sacar sus propias conclusiones observando a los adultos. Por eso, me sorprendió mi hijo mediano cuando me contó cómo veía él su porvenir: "Cuando sea mayor me darán una tarjeta de crédito para que cuando necesite dinero, vaya a un cajero y me lo de". La criatura no percibía la vida como un valle de lágrimas, sino como el paraíso terrenal. Sus padres satisfacían sus necesidades y dedujo que cuando fuera mayor "alguien" se ocuparía de que nada le faltase.

Al margen de las risas que nos echamos a costa de su ocurrencia, siempre he pensado que tenían un punto de coincidencia con el mundo feliz de Aldous en el que podría optar por una tarjera visa oro, plata o bronce. Pero los listillos de nuestros días no están por el Estado protector, más bien lo dejan todo en manos del Mercado que crea individuos consumistas alfa, beta, gamma, delta y épsilon, algunos de ellos, auténticos "gordos felices".


(1) Escrito en 1939 con una visión futurista y pesimista del mundo que muestra una sociedad regida por el condicionamiento psicológico como parte de un sistema inmutable de castas. La vida de Aldous fue muy apasionante, en http://ttt.upv.es/~jarnau/Vida/Vida.htm se encuentra una biografía del autor.
(2) Según la iglesia Católica por culpa de la mujer, como tuve que oír en nueve idiomas por boca de El Papa Juan Pablo II en su recepción de los miércoles en el Vaticano a los peregrinos de Roma.
(3) Oligarcas, monarcas y aristócratas, patriarcas, poderes fácticos, empresarios, políticos, mafias, etc.
(4) ¿No suena esto a la resignación cristiana?


Sección-Reflexiones
(5) En el mundo actual, serían trabajadores del tercer mundo y estarían gestionados por ETTs.

¡¡Ni me menees!!

sábado, septiembre 17, 2005

La cocina

A las mujeres de mi generación nos dio por estudiar, por trabajar y por ser independientes. Nos engañaron o nos engañamos nosotras mismas con eso de tener una carrera profesional, llevar una familia y ser una superwoman. He enterrado los mejores años de mi vida en la vacuidad de la vida laboral, y ahora que me doy cuenta del error: no puedo recuperar el tiempo perdido.

Soy una persona bastante atareada que para poco por casa; pero en mi hogar tengo un territorio propio del que soy dueña: la cocina. Esta querencia me viene desde la infancia, cuando las casas no tenían calefacción y el único sitio en el que podías hacer los deberes sin morir congelada era la mesa de la cocina. Además, la luz fluorescente te iba preparando para el entorno de trabajo que te deparaba el futuro, cuatro paredes iluminadas con luz blanca. El único inconveniente eran los lamparones de grasa que adornaban el cuaderno de matemáticas.

Allí olía a gloria, a puchero, a pollo asado, a conejo al ajillo, a besugo al horno, a hogar sin avecrem. En tan reducido espacio se podía condensar el bienestar de la familia: calor, comida y conversación. La cocina era el sitio habitual donde se comía, salvo en las ocasiones señaladas. Ni siquiera los platos de duralex ni el hule que oficiaba de mantel, le hacían sombra a este rincón tan entrañable para nuestra existencia.

De este espacio de ensueño solo tengo buenos recuerdos, por eso, he querido que mis hijos la vean con mis mismos ojos. Afortunadamente dispongo de una cocina amplia donde tengo una zona para comer, tanto para las comidas diarias como para las extraordinarias. En casa no hay comidas de compromiso. Los que vienen a comer pasan directamente a la cocina, donde además de comer, se bebe y se tapea.

Los domingos amontono los periódicos y los dominicales por las encimeras(1). De esta forma, conforme va amaneciendo la familia, quedan atrapados en la cocina entre los efluvios de los pucheros y la prensa.

El advenimiento del wi-fi le ha dado una nueva dimensión. Ahora es posible ubicar el portátil(2) en la mesa de la cocina, lo que me permite navegar por Internet mientras guiso a los cuatro fuegos y al horno, y quién sabe si en un futuro próximo, tendré la oportunidad de teletrabajar entre cacerolas y sartenes.

Cuando los conductores machistas me increpan porque se me ha olvidado poner el intermitente al girar con el coche(3), suelen utilizar el tópico "vete a la cocina, que es donde tenías que estar". No saben los muy merluzos la razón que tienen.

(1) El mismo problema que con el cuaderno de matemáticas
(2) El laptop como dice mi amiga mexicana Paty
(3) Es que no se puede estar en todo

Sección-Reflexiones


¡¡Ni me menees!!

miércoles, septiembre 14, 2005

Románticos y Tenorios


Escribió mi poeta favorito, D. Luis de Góngora y Argote, en un alarde de cinismo la siguiente coplilla:

Manda Amor en su fatiga
Que se sienta y no se diga;
Pero a mí más me contenta
Que se diga y no se sienta.

Frente a la postura del Romántico que ama en silencio sufriendo, aparece la figura del Tenorio, tramposo en el amor, cuya conducta moralmente reprobable, está enfocada al goce de los sentidos sin padecer el mal de amores. Si extrapolamos la actitud del enamorado al plano laboral, dejando a un lado los inclasificables, la gran mayoría que nos queda, se decanta por la postura Romántica o se orienta hacia el modelo Tenorio.

El profesional Romántico, es persona hacendosa, competente y responsable. Tiene por costumbre razonar y ser coherente en sus acciones. Por eso, cuando sus jefes le piden que haga algo que él considera inapropiado, contesta: NO(1), dando sesudas razones para justificar su negativa. No vamos a entrar en términos escatológicos para explicar lo que hacen los jefes con esas sensatas consideraciones, sólo comentar que vuelven a insistir hasta que al final, el Romántico, masticándose el NO, termina haciendo el trabajo.

El Tenorio laboral, es perezoso, inepto e irresponsable. Trabaja con ahínco para no hacer nada. Por eso, cuando sus jefes le encomiendan un trabajo, siempre dice: SI, y desaparece sin dar muchas explicaciones. Nada más lejos de la realidad que sus intenciones sean dedicar el más mínimo esfuerzo para cumplir con la misión encomendada. Por supuesto que el trabajo nunca lo realizará, pero la culpa recaerá sobre algún Romántico que no esté al quite.

El desarrollo profesional es más factible y frecuente entre los Tenorios, debido a la buena imagen que se van labrando de personas colaboradoras, que siempre tienen un sí en la boca. Aunque parezca mentira no quedan fácilmente al descubierto, la memoria selectiva juega a su favor y los jefes van sumando sólo las promesas de trabajo de los Tenorios.

Sin embargo, los Románticos se van gestando inconscientemente una leyenda de conflictivos, su reluctancia hace que se cuente cada vez menos con ellos, terminando en la marginación laboral. En su debe se suman sus negativas, pero en su haber no se computan sus trabajos finalizados.

Al final, el sacrificio de los Románticos es en vano, como demuestra el siguiente análisis de situación sobre la evolución de los encargos:

Fuente: La experiencia, que es un grado

Por este motivo me voy a dejar de romanticismos y bajo el lema de "Ella siempre dice sí", sacado del título de la película que protagonizo Kim Basinger, iniciaré un nuevo camino siguiendo los pasos de "El Burlador de Sevilla".


(1) Hubo tiempos que en el decálogo de la cultura de las empresas, uno de los preceptos era "Saber decir NO". Evidentemente este artículo ha sido abolido por decreto-ley.


Sección-Fauna Humana

¡¡Ni me menees!!

sábado, septiembre 10, 2005

Querer es poder


No sé desde qué momento empiezan los niños a desear cosas. Supongo que desde que son capaces de distinguirlas con alguno de los cincos sentidos. La voluntad de poder tener lo que se quiere es tan fuerte en ellos que no hay barrera interior que no sean capaces de saltarse. El término de "locos bajitos" se queda un poco corto para estos psicópatas infantiles que todos hemos sido.

Cuando una criatura tiene una motivación muy fuerte para alcanzar un objetivo y el camino para conseguirlo es largo y tortuoso suele buscar un atajo, siguiendo la ley de la naturaleza del mínimo esfuerzo, sin reparar si es ético o no. Algunos le cogen gusto y continúan con esta actitud infantil toda la vida, otros nos hacemos mayores y mejoramos con el tiempo.

Siendo niña no me libré de los torrentes del deseo, aparqué en la cuneta de la vida mi naturaleza desinteresada y me dejé llevar por el interés. La causa de seguir tan proceloso camino la motivó mi pretensión de aprender a patinar y a montar en bicicleta. Mi anhelo era tan grande como la dificultad de conseguirlo y por tanto le daba vueltas y vueltas para ver cómo me las maravillaría yo(1). En unas condiciones propicias, mi padre me habría llevado al Parque del Buen Retiro y me habría enseñado a desenvolverme sobre ruedas, pero murió en un accidente de tráfico cuando era muy pequeña. Mi madre sentía pánico por cualquier actividad que entrañara el más mínimo riesgo y me tenía prohibido usar los patines o bicicletas de mis amigas.

Mi única posibilidad era aprender en el internado donde no había vecinas que le fueran con el cuento, pero carecía de recursos económicos para alquilar patines o bicicletas. No me daban directamente dinero a mí sino a mi hermana mayor para que me lo administrara ya que mi madre dudada que le diera un buen uso(1). El pedir a mi hermana que me alquilase los patines o la bici era algo impensable y lo deseché en primera instancia. Con mi insolvencia económica empecé a analizar cuales eran mis activos con los que poder negociar y pensando, pensando encontré el atajo.

Del alquiler se ocupaba una compañera de mi clase, a la que las monjas habían delegado la gestión. Ella tenía por decreto-monja la clave de acceso a mis rodantes objetos de deseo, que para mí entonces era todo lo que se podía desear en esta vida. Sin embargo, ella también tenía una secreta aspiración: aprobar las matemáticas, cosa que a mí no me preocupaba en absoluto porque sacaba muy buenas notas casi sin estudiar. Ambas envidábamos lo que no teníamos y el acuerdo tenía que caer por su propio peso. Le ofrecí el derecho preferente a pasarle los resultados en los exámenes de matemáticas a cambio de un alquiler ilimitado de patines y bicicletas. Dentro de este plan estratégico había que contar con el silencio de mi hermana, por lo que extendí el acuerdo de gratis total a mi flatela y de esta manera compré su silencio.

Cuando me recuerdo haciendo estos negocios tan turbios no me reconozco, pero en el pecado siempre va la penitencia. Cuando ejecuté la primera fase del plan que me proporcionó los recursos rodantes, empezó la fase de autoaprendizaje. Comencé por los patines y pude comprobar la buena calidad de mis huesos y la facilidad de regeneración de mi piel. Todo eran caídas y raspones pero con lo que me había costado llegar hasta allí no podía tirar la toalla. Cuando conseguí desplazarme con soltura con los patines pasé a la bicicleta y no hubo árbol del patio con el que no chocara. Hoy día nadie imaginaría el precio que pagué por algo tan sencillo como patinar y dar pedales.

Ahora he perdido mucha fuerza en mis deseos y ya no voy a lo mío pagando cualquier precio, pero cuando me veo rodeada de adultos que van a lo suyo, me entran ganas de despertar a la niña psicópata que hay en mí.


(1) Como decía Lola Flores en una canción
( 2) El buen uso es que lo gastara solo en mí, cosa que me resultaba bastante difícil

Sección-Reflexiones

¡¡Ni me menees!!

miércoles, septiembre 07, 2005

Terror en el supermercado


Siendo como somos familia numerosa que goza de un excelente apetito y con una actitud permanente de vivir para comer, el rito del avituallamiento es más sagrado que la misa de una.
La compra se efectúa una vez a la semana, generalmente los sábados, porque la nevera tiene su capacidad y no entra más de lo que somos capaces de consumir en una semana. La compra es una señal más de lo efímero de la vida. Lo que es una hermosura de víveres que rebosan por todos los estantes del frigorífico, pasados los siete días es la Nada más absoluta, tan bien descrita en "La historia interminable".

Cuando en casa percibo la amenaza de la Nada, como Atreyu, parto hacia el supermercado a luchar contra ella. En el principio de los tiempos, cuando mis hijos eran pequeños compraba en una gran superficie, llevaba la lista de la compra en la cabeza y sabía trazar de antemano el camino crítico para llenar el carrito. Tanta planificación se veía empañada cuando mi hijo mediano se perdía y tenía que dejar el carrito en consigna e irme a buscarlo como a la oveja descarriada del Evangelio. Los siete trabajos de Hércules no son nada comparados con la compra en un hipermercado con tres niños pequeños, sobre todo si uno de ellos posee la capacidad de pasar a la cuarta dimensión en décimas de segundo.

La prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza son virtudes imprescindibles para los Padres de la Patria. Pero las madres de andar por casa necesitan también de las virtudes teologales para desenvolverse en el Hiper. Si no se tiene la prudencia de tener a mano cierta moneda ¿cómo se hará con un carrito?.Si es incapaz de aplicar justicia(1) al momento para decidir qué niño tiene derecho a sentarse en el asiento del carrito ¿quién aguantará los llantos y reproches de la prole?. Haciendo honor al nombre "grandes superficies", sin fortaleza, ¿quién salvará las enormes distancias hasta alcanzar la entrada del hiper?. Ante la avalancha de ofertas, sin templanza, ¿quién se contendrá para no llenar el carrito con cosas innecesarias?.

A pesar de estar adornada de las virtudes más elevadas, el ama de casa debe cultivar además las virtudes de la diligencia y la paciencia. Después del trabajo que ha costado llenar el carrito, tiene que vaciarlo ante la cajera para que se lo cobre, volver a introducir los productos en bolsas, guardarlas en al carrito, cruzar el desierto hasta llegar al coche, volver a vaciar el carrito, guardar las bolsas en el maletero, llegar a casa, volver a sacar los bolsas, subirlas y guardar la compra. Así, semana tras semana, como Penélope, comprando y volviendo a comprar.

En esta dura rueda sin fin del aprovisionamiento, caí en la tentación y me dejé llevar por la pereza. Al lado de casa hay un supermercado que si compras por un valor superior a 60 euros te suben la compra a casa. Puedes ir andando, la superficie que se recorre es la décima parte, no tienes que calcular el camino critico del recorrido y hasta te puedes permitir pasar dos veces por el mismo sitio. Cuando llegas a la caja se acaban los esfuerzos, sacas las cosas del carro y se recuperan mágicamente en la encimera de la cocina, como el transportador de materia de la nave espacial Enterprise de la serie Startrek. El truco del almendruco consiste en que son más caros que las grandes superficies(2) y con ese margen comercial pueden hacer la distribución al domicilio. Con el argumento de que el tiempo es oro me deje llevar.

Pero he sufrido el castigo de mi pereza: el súper se ha llenado de carteles de Teresa Campos y su hija Terelu que están haciendo una campaña de publicidad para esa cadena. Al verlas, a la madre y a la hija juntas, mirándome con esa cara de brujas, he sentido un vuelco en el estómago y se me han quitado las ganas de comprar. Un sentimiento de pánico me vino a la mente al recordar la canción de Alaska:

Terror en el supermercado
Horror en el ultramarino

Tendré que volver al hiper por razones de salud mental. Adiós a la transportación de materia. Habrá que esperar que avance un poco la física cuántica, que según Brain ya le falta poco.


(1) Me río yo de los juicios rápidos
(2) En este mundo cruel nadie regala nada

Sección-Sapos y culebras

¡¡Ni me menees!!

sábado, septiembre 03, 2005

La ladilla

En el mundo laboral, fiel reflejo de la naturaleza, también existe la ladilla(1) . Esta variedad de parásito se acopla en las partes más íntimas de su superior inmediato, acompañándolo allí donde éste fuera. Como todo parásito, carece de autonomía para su subsistencia y precisa alimentarse del ser en el que se aloja. De él obtendrá las prebendas, los sobres y el trato de favor. No todas las ladillas tienen las mismas motivaciones para ejercer su función. En un extremo tenemos a las que llegan por el camino de la incompetencia y en el otro a las que lo alcanzan por la vía de la ambición.

El incompetente, una vez que descubre que no es capaz de hacer nada a derechas y su fama empieza a trascender, no tiene más remedio que buscar refugio y protección permanente, instalándose como ladilla en su jefe, permaneciéndole fiel mientras que el cargo dure. Esta ladilla no es contagiosa, salvo que se vea en la necesidad de buscar otro refugio. Su valor añadido es escaso, las misiones que se le encomiendan son las mínimas dada su naturaleza multiplicadora de problemas como los panes y los peces del evangelio. Sin embrago, tendrá una capacidad casi infinita de reír los chistes al jefe, si éste tuviera sentido del humor, o tenerle al tanto de todos los cotilleos de la empresa.

El ambicioso, no puede esperar a recoger los frutos de su trabajo cuando estos estén maduros. Su impaciencia hace que atroche por un camino más corto, a pesar de poseer autonomía en el ecosistema laboral para subsistir. Es pues un parásito motivado más por interés que por la necesidad, pero al final, víctima de la ambición, este interés se trocará en necesidad. Esta ladilla, dotada de inteligencia, además de reír los chistes de su jefe es capaz de entretenerlo con los suyos. También puede desarrollar un trabajo con bastante solvencia a la vez que trae y lleva los chismes que sean menester. Pero lo bueno no dura siempre, esta ladilla lleva escrita en la frente la traición: abandonará a su jefe en cuanto encuentre otro mejor. Es por tanto una variedad de ladilla contagiosa porque aprovechará las relaciones más íntimas de su inmediato superior para dar el salto.

Los jefes están encantados con sus ladillas porque, al contrario que en la Naturaleza, en el ecosistema laboral es un síntoma de distinción social. No se conoce el caso de que sientan ninguna molestia, ni que hayan intentado eliminarlas, simplemente porque no los consideran parásitos, sino sus más estrechos colaboradores. El motivo de esta ceguera se llama vanidad, que actúa como unas gafas que filtran los intereses más interesados a la vez que refuerzan la autoestima y el ego de los jefes.

Cuando los que mandan pierden su condición de poder quedan libres de ladillas, sintiendo un gran vacío más que un descanso. En esos momentos de soledad, la reflexión hace que la vanidad se desvanezca y que empiecen a vislumbrar que esa fauna laboral que los rodeaba constantemente no eran más que parásitos de su cargo. Lo más terrible es su ego hendido por el rayo de la verdad, que les muestra tal como son: unos sosos que no tienen amigos.

Aunque se tiene tendencia a despreciar a las ladillas, no hay que olvidar que realizan una función social: aportan autoestima y compañía a los jefes, mientras estos lo son, lo que se traduce en bienestar para el resto de los colaboradores.


(1) En entornos anglosajones se les llama Yes man o de una manera más gráfica: brown nose.

Sección-Fauna Humana

¡¡Ni me menees!!

jueves, septiembre 01, 2005

El reset

Según la Biblia, Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. La labor de Dios la continuaron las mujeres, que siglo tras siglo, de forma inconsciente, son capaces de gestar en su vientre la vida humana. No hay nada tan sencillo y tan bonito como alojar una vida para traerla a este mundo que si bien no es perfecto, tiene algunas cosas por las que merece la pena vivir.

Cuando el hombre(1) empezó a jugar a ser Dios, creó los ordenadores, también llamados computadores. La limitación de recursos impidió a los hombres seguir los pasos de Dios y se circunscribieron a simular un cerebro humano(2). Por tanto, un ordenador es fundamentalmente un compuesto de memoria y capacidad de proceso que intenta emular el comportamiento de esa masa gris que escondemos bajo el peinado.

Para muchas personas el ordenador ha pasado a ser el compañero de fatigas, tanto en el trabajo como en casa. Se le habla, a veces con cariño otras de malos modos, se comparte mucho tiempo con él y no se concibe la vida sin su ayuda. Pocos conocen cómo funciona un ordenador por dentro y cuales son sus principios fundamentales. Lo que se ve por fuera son unas ventanas con vida propia, cada una ejecutando un programa, un teclado y un ratón con el que mangoneamos al ordenador que casi siempre nos obedece. Digo "casi siempre", porque a veces se colapsa y empieza a funcionar despacio, despacio, hasta casi pararse.

Los programas no son perfectos, van robando poco a poco pedacitos de memoria del ordenador disminuyendo su capacidad de proceso efectivo(3) hasta límites que la paciencia no puede soportar. En ese momento es cuando se decide cortar por lo sano y hacer un "reset", cuyo significado como bien indica el glosario de Terminología Informática Tugurium, es la función hardware o software que lleva al ordenador a situarse en un estado inicial, restaurando todas las variables y dispositivos con sus valores iniciales. En esto, los ordenadores emulan perfectamente al cerebro humano, que también se colapsa, aunque por otros motivos.

El cerebro humano no tiene programas que mermen sus recursos, a cambio alberga otras entidades, no sabemos dónde, como el miedo, la ansiedad, la ambición, la vanidad..., que disminuyen considerablemente la capacidad de análisis y hace que no razonemos con claridad. Lamentablemente, a Dios se le olvidó poner un botón de "reset" en nuestro cerebro y es muy difícil volver a una situación inicial en caso de síncope. No obstante, subyace algo parecido a un ¡BASTA YA!, que nos permite salir del colapso cerebral ante situaciones límite. Lo malo es lo mucho que se sufre hasta que se llega a ese punto, pudiendo haber "reseteado" cuando empieza la distorsión.

Los hombres crearon un mecanismo para que los ordenadores no se puedan colapsar llamado "wacth-dog", que se puede traducir como "perro guardián" y que en algunos casos se le llama familiarmente "perro". Este mecanismo consiste en que el ordenador debe acceder a una posición de memoria con una frecuencia determinada y si no lo hace se le supone demencia computacional y se le aplica automáticamente un "reset" para que vuelva a su ser. Esto, que en principio parece sencillo, da lugar a eternas discusiones entre los diseñadores de ordenadores sobre el circuito de reset ya que siempre se plantea quién resetea al reset, en línea con la duda existencial de qué fue primero, la gallina o el huevo.

Dios tampoco puso el mecanismo de "wacth-dog" en nuestro cerebro, como consecuencia han surgido profesiones como la Psiquiatría o la Sicología que intentan aplicar paños calientes a las mentes colapsadas, pero que desconocen cómo suministrar un "reset" en toda regla. Por eso, para no llegar a situaciones límite, es preciso utilizar mecanismos de "wacth-dog" preventivos. En vez de acceder a una posición de memoria con una frecuencia determinada, se deben realizar, cada uno con una cadencia determinada, algunas preguntas como:

¿Me siento bien con lo que hago?, si se responde negativamente, se debe pasar a las siguientes preguntas: ¿por qué lo hago?, ¿para qué lo hago?, ¿qué pierdo si no lo hago?. Si en ese punto se percibe un cierto alivio al comprobar que se está en un callejón, pero que tiene salida, es el momento del "reset", de volver a empezar de nuevo, sin miedo.


(1) Hablo del hombre en el sentido genérico, pero fue una mujer Lady Ada Byron, hija del ilustre poeta Lord Byron, quien inventó el concepto de programa de ordenador. Si el lector tiene interés, puede encontrar más información sobre ella en http://www.cs.yale.edu/homes/tap/Files/ada-bio.html
(2) De hecho, uno de los nombres que reciben los ordenadores es "cerebro electrónico"
(3) Aplicando el refrán "al perro flaco todo se le vuelven pulgas", cuanto menos memoria tenga el ordenador, más programas se ejecutarán para suplir esta carencia dando como resultado que el ordenador va cada vez más lento

Sección-Reflexiones

¡¡Ni me menees!!

lunes, agosto 29, 2005

Teznología

En el bar del costalero, en un rincón del ángulo oscuro, sentada en una mesa y rodeada de bolsas de plástico del mercadillo, me tomaba una cerveza y una tapa de huevas aliñás para aliviar la espera de mi marido. Estaba pletórica porque por ocho euros había comprado tres camisetas, un pareo y cuatro pantaloncillos.

De repente me pareció oír la palabra Nero. Me extrañó que alguien hablase de programas en este bar, donde sólo existen dos temas de conversación: las procesiones de Semana Santa y el fútbol. El que así hablaba era un hombre de mediana edad, cliente habitual del bar, con una tripa cervecera ganada a pulso al grifo de la Cruz Campo y un toque de modernidad con su larga melena recogida en una coleta. Destacaban sus ojos azules y la gracia que tenía para expresarse en un andaluz ceceante. No era carne de oficina, sino más bien un profesional del ramo de la electricidad o la fontanería.

Empecé a afinar la oreja a ver qué pillaba y sincronicé la escucha en el punto que hablaba de las versiones: "es que mi ordenador es muy chico y no le puedo poner una verzión del Nero mayor que la 2.0 porque no me funciona. Pero con esta verzión yo me grabo todas las películas y la muzica que quiero". En este punto conmutó y empezó a hablar de cine y a poner verde al último remake de la película de La guerra de los mundos: "Ezo no es una película ni es ná, todo el rato el Ton Cruise corriendo de un lado para otro, nada que ver con la anterior verzión película".

En este momento llegó mi marido, le puse en antecedentes y se unió a la escucha de la conversación. El cinéfilo de las copias privadas digitales continuó contando su lucha contra los elementos tecnológicos:"A mi cuando instalo un programa me pregunta algo en inglés le digo que no, porque zi le dices que zi, te empieza a preguntar más cozas y te metes en un berenjenal del que no zabes zalir". En este momento intercambié una mirada de complicidad con mi marido que decía "que razón tiene". Después de los recelos informáticos, continuó por el camino de la admiración hacia la tecnología: "Pues a veces te dice que nezecitas actualizar algo, en eze cazo digo que zi, te zale la barra que ze mueve y cuando llega al final ze apaga y ze enziende zolo y todo funciona". Estábamos maravillados de sus descripción cuando continuó diciendo: "A veces cuando pones el windows para múzica y ze te olvida cerrarlo antes de apagar, luego cuando lo enciendes dos o tres días después, todavía ze acuerda y te regaña por no haberlo cerrado".

Pasé un rato muy divertido escuchando la naturalidad con que expresaba sus relaciones con el ordenador y lo acertado de sus deducciones. Pero lo que me dio de pensar es la diferencia de lenguajes entre los expertos y estos aficionados a cualquier cosa que necesitan utilizar el ordenador sin formación previa. Desde luego los espesos manuales de operación no están pensados para ellos, pero la naturaleza es sabia y desarrollan un instinto básico para saber bandearse entre los mundos digitales. Y es que no hay nada como la motivación y la necesidad para espabilarse.


Sección-Expedientes-X

¡¡Ni me menees!!

viernes, agosto 26, 2005

El Caballero


Había ido al cine con mi benjamina a ver la película Rencor, como llevaba en cartel bastante tiempo sólo la ponían en el Cine Princesa, sito en La Plaza de los Cubos de Madrid. Al finalizar el film me dispuse a sacar el coche del aparcamiento y en el instante en que fui a pagar el parking, afloró nítido el recuerdo de un episodio que tenía almacenado en una profunda capa de mi cerebro, a pesar que no habían transcurrido ni cuatro años desde los hechos.

Fue una de esas semanas en la que empiezas el lunes con una reunión y ya no te quedan fuerzas para el resto de los días. El meeting era a primera hora, en unas oficinas situadas en La Plaza de los Cubos, por lo que deje mi coche en el parking de la plaza. La reunión se prolongó hasta la hora de comer, nos salvó el hambre imperiosa, no las conclusiones, que no recuerdo si quedaron claras. Me dirigí a saldar mi cuenta con el parking, donde una persona humana me dijo: son 1600 pts(1). Cuando eché mano del monedero vi que lo tenía con telarañas, no había ni monedas ni billetes, situación nada extraña para mí. En ese momento me salió la señorita que llevo dentro y con mucha naturalidad le entregué la tarjeta de la Caja Madrid , tarjeta que me devolvieron con sumo desprecio desde el otro lado de la ventanilla, diciendo

- Sñita, aquí no vale esto
- ¿No admiten tarjetas?, -dije con estupor
- Pues no. ¡ váyase a un cajero! (2)

Estaba ya concienciándome en buscar un cajero, cuando un señor maduro que estaba detrás de mí en la cola de paganos me dijo:

- Señorita, si quiere le pago el aparcamiento para que no tenga que molestarse en ir al cajero
- Muchas gracias, pero ¡cómo me va a pagar el aparcamiento que son 1600 pts!

Cual no fue mi sorpresa cuando el caballero insistía en ahorrarme el viaje al cajero, o lo que es lo mismo, en abonarme el parking. En ese momento mi cerebro sufrió una dicotomía -un lado pensaba en que cómo iba a permitir que me pagaran el aparcamiento y el otro en lo lejos que estaba el cajero y en el hambre que tenía- ¿qué parte ganó? , la hambrienta. No daba crédito cuando el caballero abonaba mi abultada cuenta del aparcamiento y sólo acertaba a decir: Gracias, muchas gracias.

Todos pensarán en que algo pretendería ese caballero o que soy la musa que inspiro el pasodoble: pisa morena, pisa con garbo, que un relicario me voy a haber con el trocito de mi capote que haya pisado tan lindo pié o que soy la hermana gemela de Esther Cañadas. Nada mas lejos de esto, ni soy espectacular, ni el caballero le movía ninguna intención malsana ya que iba acompañado de una pareja y una vez que le di las gracias cada uno se fue por su camino.

Aunque al principio me quedó la sensación de ser una caradura gorrona, conforme pasó el tiempo empece a acariciar la idea de lo generosa que había sido dándole la oportunidad a este caballero andante de desfacer el entuerto. Si además supiera el caballero que soy huérfana, su corazón no le cabría en el pecho de orgullo al emular a D. Quijote con todas las condiciones de entorno.

(1) En esa época había pesetas y los cajeros eran de carne y hueso
(2) El tono muy equivalente al ¡ váyase Sr. González! , casi me manda a la M.

Sección-Expedientes-X

¡¡Ni me menees!!

martes, agosto 23, 2005

Desde las riscas: mi primer verano

Después de un viaje a Cuenca el sin par Don Luis de Góngora escribió unas coplillas sobre las mujeres que encontró en aquellos parajes y que sin duda le agradaron:

Serranas de Cuenca iban al pinar
Unas por piñones
Y otras por bailar

En aquellos tiempos, tan poco propicios a la libertad, Góngora evocaba un ambiente bucólico a modo de la pastoril Arcadia(1) donde las serranas conquenses gozaban de cierto libre albedrío para elegir entre la diversión o el trabajo bajo las sombras de los pinos. Como descendiente que soy de aquellas serranas, cuyos pies besan los ríos por besar de ellas las plantas(2), también me gusta ir al pinar. Tengo asociado físicamente el sentimiento de libertad al ensanchamiento de los pulmones que produce el aire fresco que transporta aromas de pino, tomillo y romero. Una vez allí, entre los rumores de las agujas de los pinos, me sale la serrana recolectora que llevo dentro y me aplico a la recolección de piñones, piñas o lo que haya, dejando de lado lo del baile que se me da tan mal como lo del canto(3).

Soy de la generación que durante las meriendas comía pan con chocolate mientras miraba en la tele a los Chiripitiflauticos. Los personajes Locomotoro, Valentina y el Capitán Tan no estaban por la cosa didáctica sino más bien por un surrealismo casposo. No tuve ocasión de aprender en Barrio Sésamo eso de "dentro-fuera", "arriba-abajo" ni lo de "libre-oprimida", así que lo tuve que asimilar sobre la marcha. Me llevaron a Madrid muy pequeña y no volví a Cuenca hasta que cumplí seis años y me enviaron con mis abuelos a pasar el verano. Allí descubrí lo que es estar siempre "fuera", "arriba"y "libre".

Mi abuelo trabajaba de sol a sol y mi abuela descansaba todo el día, así que enseguida intuí que si permanecía todo el día "fuera" de casa nadie me echaría en falta. Acostumbrada como estaba a una sobreprotección materna, encontrarme dueña de mi tiempo y de mis actos era toda una novedad y al principio no sabía muy bien qué hacer, pero a lo bueno se adapta una rápidamente. Me levantaba por las mañanas y me ponía la ropa que me apetecía(4), por supuesto totalmente inadecuada a los ojos de un adulto, me daban el desayuno y me echaba a la calle, bueno, según la orografía del pueblo, sería más apropiado decir "me echaba al monte".

Mi lugar favorito para los juegos era las riscas, la parte más alta del pueblo que esta asentado en la ladera norte de una montaña(5). Desde "arriba" podía ver todo el pueblo, la carretera que serpenteaba entre las montañas que nos rodeaban y los sembrados de trigo que mecía el viento. Una vez que superé cierto rechazo por ser "forastera" me hice con mi grupo de amigas y mi grupo de enemigos para los juegos de paz y guerra. Entre los juegos de guerra el más frecuente era el de lucha a pedrada limpia, generalmente entre bandos de niños y niñas. Al principio los niños decían "a por la madrileña" y todas las piedras iban dirigidas a mí, pero en vez de amedrentarme empecé a emular a Agustina de Aragón y conseguí al menos que me temiesen después de que demostré que tenía cierta puntería(6). Entre guerra y guerra de piedras jugaba a las cocinitas con mis amigas con unos cacharritos de los que se venden por los suelos en los mercados y que a las niñas del pueblo les fascinaban.

Una de las tareas más importantes del día era buscar en qué casa comer. El pueblo estaba repleto de parientes a los que visitaba y sin ningún reparo les preguntaba qué tenían para comer. Aprovechaba estas visitas para comer las magdalenas o los mantecados que me ofrecían. Una vez que había realizado el estudio sobre la oferta gastronómica de la familia(7), elegía la casa con la comida más prometedora.

Cuando caía el sol, volvía a casa con el vestido y los zapatos llenos de churretes, pero nadie me regañaba. Esperaba con ansia la llegada de mi abuelo que siempre que podía me traía cangrejos de río para la cena(8). Antes de dormir, delante del fuego del hogar, me contaba historias de espíritus(9) y de la guerra, pero lo que más le gustaban eran los juegos de ingenio. Cada noche me ponía en un papel una ristra de cuarenta cifras para que la leyese. Me encantaba desgranar los miles de billones de billón pensando que algún día podrían ser pesetas que tendría que contar.

No se podía vivir más libre con seis años, tomando mis propias decisiones, asumiendo sus consecuencias, desarrollando mi lado pacífico y desahogando el violento. Asilvestrada, delgadísima, "renegría" y con un acento conquense hasta la médula me encontró mi madre cuando vino a buscarme. Me contemplaba como si no me reconociese, con una mirada entre el asombro y la reprobación. Cuando me marchaba a Madrid no hubo ninguna montaña de la que no me despidiese en cada vuelta de la carretera mientras miraba con nostalgia las riscas que guardaban tantas horas de guerra y paz. Tan sólo la esperanza de volver al año siguiente impedía que las lágrimas afloraran a mis ojos como un manantial.


(1) Para conocer más sobre la pastoril Arcadia, qué menos que visitar la wikipedia: http://es.wikipedia.org/wiki/Novela_pastoril
(2) Góngora dixit
(3) Vean mi breve aventura musical aquí
(4) Casi como Pipi Calzaslargas
(5) Al contrario que en el imperio español, donde nunca se ponía el sol, en sus calles nunca entraba, cosa totalmente ilógica porque hace un frío de muerte. Seguro que el pueblo estaba escondido estratégicamente desde los tiempos de la reconquista
(6) Nada de tirar la piedra y esconder la mano, sino todo lo contrario
(7) Desde niña mostré actitudes de investigadora
(8) Mi abuelo tan recto y moral, le superaba el amor de abuelo y burlaba a la Guardia Civil para pescar cangregos para su nieta
(9) Allí empezaron mis pesadillas

Sección-Reflexiones

¡¡Ni me menees!!

sábado, agosto 20, 2005

La Laguna Estigia

Aunque los expedientes-X recogen el anecdotario de los muchos y extraños sucesos que me acontecen en esta tortuosa andadura que es mi vida, hago una excepción para relatar una experiencia de mi hijo que a fin de cuentas desde que me la contó es como si fuera mía.

Se encontraba mi vástago en esa edad en que a los muchachos les salen los primeros pelillos del bigote y la voz empieza a ponerse grave, pero no siempre, liberando de vez en cuando algún gallo. En plena metamorfosis, con un lamentable estado de la cubierta exterior de su alma, él y sus compañeros del instituto derrochaban todas sus energías ejercitando ese deporte tan insulso llamado fútbol, dejando en segundo lugar el estudio de las ciencias y como nota de color, poco acorde con su rudeza, el estudio de la cultura clásica, asignatura catalogada como maría que les despertaba poco entusiasmo. Los profesores, con nulas esperanzas de estimular en ellos el amor por la cultura clásica, resolvían la asignatura mediante un trabajo en grupos de 3-4 estudiantes para no agobiarlos. Cada uno de los grupos elegía un tema mitológico, lo desarrollaba y llegado el momento un portavoz lo leía a toda la clase en presencia de la profesora.

Un grupo eligió como tema La Laguna Estigia. Se reunieron en casa de uno de ellos y sacando información de aquí y de allá lograron rellenar unos cuantos folios. Como es lógico, había muchas referencias al paso de La Laguna Estigia, siendo este paso el tránsito entre la vida y la muerte. Los difuntos eran llevados a la orilla de La Laguna Estigia, donde aguardaban la llegada de la barca de Caronte, que los transportaba al mundo de los muertos. Era necesario pagar el pasaje al barquero, por ello existía la costumbre de colocar en la boca de los muertos una moneda. Curiosamente era el propio difunto quien remaba, nunca Caronte (1). El paso de La Laguna Estigia los trasladaba definitivamente al otro lado de la orilla, al mundo de los muertos, cuya entrada estaba custodiada por Cancerbero, el siniestro perro de tres cabezas.



El portavoz del grupo, en un ataque de realismo mágico, empezó la lectura del trabajo sustituyendo la palabra paso por pato, sintiéndose cómodo con esta acepción ya que es la cosa más natural que haya un pato en una laguna, máxime cuando al otro lado hay un perro. Estaba el portavoz tan ensimismado con las aventuras del pato de La Laguna Estigia, que no oía los murmullos ni las risas ahogadas de toda la clase. La profesora, en un alarde de sentido del humor, dejó que continuase la exposición de tan surrealista relato que cada vez carecía más de sentido. Los compañeros del grupo, en vez de solidarizarse con su portavoz, empezaron a renegar de él por medio de gestos a la profesora, viendo que sus posibilidades de aprobar la asignatura disminuían cada vez que el pato de La Laguna Estigia hacía acto de presencia en el relato.

El grupo de los patosos estaba formado por los empollones de la clase, lo que les libró del cero patatero - o en este caso patotero- pero se pusieron en evidencia ante el resto de la clase, que tuvo tema de guasa con lo del pato para todo el curso. De esta forma aprendieron en sus propias carnes la esencia del mito: comenzaron pagando el pato como preludio al inevitable pago a Caronte que a todos nos aguarda.

(1) Igual que en las gasolineras y en los hipermercados, que lo haces todo tú y además pagas

Sección-Expedientes-X

¡¡Ni me menees!!

viernes, agosto 19, 2005

Las gallinas marismeñas


La gallina es un ave de corral, que cuando no está sometida a un régimen de producción exhaustivo vive muy ricamente en un estado de semilibertad asumida.

Tal es el caso del gallinero que instalaron mis amigos Merche y Juan en su casa de La Punta del Moral(1), en un arriate del patio.

La comunidad de gallináceos estaba formada por cuatro gallinas y un gallo. Al despuntar el alba, el gallo despertaba a toda la familia. Una vez que les había arruinado el sueño, como era muy ligero y podía volar saltaba la tapia del patio y se marchaba a otro gallinero con más abundancia de gallinas. Las gallinas que eran de menos altos vuelos, ponían su huevo, si ese día les tocaba poner, y esperaban a que les abrieran la puerta para pasar el día fuera, entre la retama de la marisma.


Al caer el sol las gallinas retornaban a su gallinero, esperando que la puerta estuviera abierta ya que no tenían el don de volar. Por la noche, les ponían para cenar los restos de la comida de la familia, que devoraban con ansia antes de disponerse a un sueño reparador.

Un día en que la marea era muy grande, la familia se fue a pescar longuerones(2) cerca del Caño Franco. Por medio de una técnica muy salada que consiste en buscar la guarida del longuerón, que tiene la misma forma que el número 8, se deposita un poquito de sal en el orificio, lo que hace que salga de su escondrijo. Hay que atraparlo con rapidez y decisión al molusco antes de que intente esconderse de nuevo. Con paciencia y habilidad se llevaron para casa un cubo lleno de longuerones, que no fueron capaces de comerse, por lo que se lo pusieron de cena a las gallinas.

El longuerón, cuando se le quita el caparazón, tiene el aspecto de un gusano(3), por lo que las gallinas tomándolos por tales, los recibieron con gran alborozo ya que generalmente su dieta consistía en las cáscaras de los melones y las sandías. Dieron buena cuenta de ellos y se dieron un festín, pero su duro estómago no fue capaz de asimilar la ingesta masiva de marisco y se empacharon.

Merche observó a las gallinas en una actitud extraña, como vacilantes y a punto del desmayo, se acercó a tocarlas y estaban ardiendo. Mujer de recursos, metió a las gallinas en un barreño con agua fría y les tapó la cresta con paños húmedos para bajarles la fiebre. Una de las gallinas no sobrevivió pero las otras superaron el atracón y supongo que aborrecerían los gusanos desde aquel día. El gallo se libró porque vino cenado del otro gallinero, aunque al final también tuvo un destino trágico en una pelea con otro gallo.

A pesar de esta mala experiencia de las gallinas con "los frutos del mar", la ingesta moderada de pescado puede producir nuevos productos alimenticios. Sin ir más lejos en el gallinero colindante con la pescadería, las gallinas comen boquerones, que como todos sabemos son buenos para el colesterol. ¿se imaginan los huevos de las gallinas marismeñas bajos en colesterol?

(1) Barrio marinero de Isla Canela (Ayamonte-Huelva)
(2) Molusco lamelibranquio comestible, de conchas casi rectangulares, muy alargadas. muy parecido a las navajas
(3) Los longuerones son utilizados como cebos vivos por los pescadores.

Sección-Expedientes-X

¡¡Ni me menees!!