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miércoles, enero 09, 2008

La rata


La rata salió a mi encuentro de forma inesperada por tercera vez en mi vida laboral. He vuelto a sentir su inquietante presencia en mi camino con esas facciones que se asemejan más a las ratas de alcantarilla (Rattus norvegicus), de afilado hocico, minúsculos ojos y un pelaje gris marrón que a la persona humana que pretende ser. Como comenta Flora Davis en su libro la comunicación no verbal, el antropólogo Ray L. Birdwhistell sostiene la teoría de que las personas adquieren su aspecto físico por sus actos y yo doy fe de ello (1).

La primera vez que la rata se interpuso en mi camino fue tomando la identidad de rata ratera. Me fusiló literalmente un capítulo de un libro que estaba escribiendo y lo adaptó al medio ppt. Lo hizo tan ladinamente que quedaba yo como plagiadora ya que mi libro estaba en proceso de escritura y ella lo hizo público en una reunión externa sin, por supuesto, citar la fuente. Aunque me indignó su acción no quise montar ningún escándalo, tan solo me aparté de su camino.

La segunda aparición fue como rata arpía, es decir, adoptando el comportamiento de esos empleados que quieren un trabajo y no saben el de quién (2). Debería sentir deseo de roer mis actividades y le presentó a mi jefe un PowerPoint que me habían encargado a mí. Mi director me convocó a una reunión con la rata diciéndome "Mira lo que ha hecho esta persona TAN TRABAJADORA en sus ratos libres mientras tu sigues dándole vueltas al asunto…". Conociendo la debilidad del maldito roedor con el cut&paste, sembré la duda de las fuentes en que había bebido ese trabajo. Germinó la inquietud en el director y la rata desapareció de mi camino de nuevo.

Pero no hay dos sin tres, y ahora ataca de nuevo con el método del arpiaje. Tenemos nuevo director y la rata quiere salir de la alcantarilla, por eso se pasa el día en los despachos de la zona ejecutiva, por el mismo motivo, sin que nadie se lo pida, ha presentado el trabajo que tenía yo encomendado. Es patético porque su propuesta es gris rata y no aporta ningún valor, pero ha causado muy buena impresión al jefe como persona proactiva. Esta vez no sé si se saldrá con la suya, pero preventivamente es rata congelada, aunque me ha dado mucha aprensión meterla en mi congelador.

Podrían decir los lectores que soy un poco paranoica y que más que rata es una persona colaboradora que pretende ayudar a otros en su trabajo, pero lo que no saben es que si se le pide el dato más insignificante no lo proporcionará, que en su despacho se han producido tensas escenas con otros afectados por sus maniobras y que no tiene amigos. Tan solo los jefes aprovechan sus cualidades rateras para crear competitividad haciendo que la tensión en el equipo de trabajo no decaiga, pero como en Roma, no pagan a traidores, y la rata sigue sin ser promocionada.

No sé que karma arrastro para merecer que me castiguen con la presencia de este inmundo ser de las alcantarillas, pero lo que sí tengo claro es que no me resigno a trabajar con ratas y que le pondré remedio, no por miedo sino por profilaxis.


(1) La sabiduría popular dice que la cara es el espejo del alma.
(2) Frase tomada de mi querida Arpía: "es de esas mujeres que quieren un marido pero no saben el de quién".

¡¡Ni me menees!!

martes, octubre 23, 2007

El trepa


Hace muchos años existía en Cuba una especie de artilugio formado por cuerdas del que se valían los guajiros para subir a las palmeras. Una especie de escalera que se conocía con el nombre de trepa.

Con la misma denominación, calificamos hoy día, a ciertos ejemplares de la fauna humana de nuestros días que utilizan una escalera o trepa en la que los escalones no están confeccionados con sencillas cuerdas sino con ambición insana, astucia, engaño, hipocresía, ausencia de escrúpulos...

A través de tan especial escalera, el trepa, aguijoneado por su desmesurada ambición, intenta alcanzar los más altos puestos de su actividad profesional, basándose no en sus méritos, que suelen ser escasos, sino en el halago al superior jerárquico y la desgracia o la descalificación injustificada de sus potenciales rivales.

Saltándose las más elementales normas éticas y los más básicos conceptos de lealtad, honradez y compañerismo, transforma una sana y noble ambición de progresar en una carrera en la que "todo vale" y el "fin justifica los medios".

Ser trepa, por otra parte, no se piense que es tarea fácil. En su labor, este personajillo estudia muy concienzudamente la estrategia a seguir y sabe ir dosificando, en cada momento, sus dos básicas y complementarias armas: adular al jefe y denostar al compañero.

Para lo primero no duda en adoptar las opiniones políticas, musicales o deportivas de aquel; está, siempre y plenamente de acuerdo con las decisiones de su jefe, que, aunque íntimamente no comparta, alaba sin recato alguno; solicita su "magistral" opinión ante cualquier problema; procura a toda costa hacerse el insustituible; no regatea su horario de trabajo y sacrifica, si es preciso, sus días de vacaciones.

Simultáneamente a todo ello, logrará ganarse la simpatía de la secretaría personal de su jefe. De ella obtendrá los nombres y fechas de nacimiento de cada uno de los miembros de la familia de su superior. Llegada cada una de las efemérides el trepa no olvidará remitir junto a la felicitación, el ramo de flores para la "encantadora" esposa o el juguete para el "precioso" niño del admirado y querido jefe.

Superados estos primeros escalones, el trepa inicia, seguro de sí mismo, el que le permita el definitivo "acoso y derribo" del compañero. Para ello aprovecha, inmisericorde cualquier fallo o error de éste y aprovecha las ausencias, aunque sean justificadas, de su potencial rival, para "minarle el suelo", de la forma más sutil y efectiva.

El trepa no tiene el menor reparo en propalar, convenientemente deformada, cualquier noticia que piense que puede menoscabar la efectividad del trabajo y la honorabilidad del compañero.

Su forma de trepar no se asemeja a la rápida y arriesgada ascensión del guajiro, sino al deslizamiento lento y sinuoso de la serpiente. Y es que lo que verdaderamente interesa a nuestro repugnante trepa no es el tiempo que tarde en dar la mordedura venenosa a su inocente víctima, sino la seguridad de alcanzar sus mezquinas ambiciones.

¡¡Ni me menees!!