viernes, julio 10, 2009

El Bengo

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Así empezaba su apellido y terminaba de tal manera que no había duda de que su origen era vasco. Alto, espigado, de pelo oscuro con incipientes entradas, ojos castaños brillantes y una permanente sonrisa en los labios que nos contagiaba a todos.

Cuando me lo presentaron tuve la sensación de que algo de él no encajaba en el ambiente general asilvestrado. Su educación, sus modales, su desenvoltura social marcaban una diferencia que quedaba despejada a la vista de los complementos que llevaba. No todos miraban la hora en un Rolex auténtico ni sus zapatos brillaban como los Sebago del Bengo.

No sé los caminos que le llevaron a aquel lugar, pero estaba encantado de trabajar por primera vez en algo que le gustaba, el hardware. Se mezclaba muy bien con la gente y sacaba partido de su extraordinaria simpatía. A pocas personas he visto contar los chistes con tanta gracia como lo hacía él.

Como buen vasco organizó la cuadrilla para el poteo post jornada laboral pero adaptada a la zona centro; solo íbamos a un bar y se admitían mujeres. Solíamos ir el jefe de HW, Paco Lenin, el Bengo y yo. Pocas veces en mi vida me he reído tanto como en aquellas rondas de tubos.

No fui consciente de que influiría en él cuando le comenté que lo suyo era la carrera comercial y no el laboratorio de bata blanca. Años más tarde me lo encontré en Saturno S.A. de visita comercial y me comentó que lo que le dije le hizo plantearse su carrera.

No sé nada de él desde hace años, pero seguro que le ha ido muy bien.



¡¡Ni me menees!!

jueves, junio 25, 2009

El lejías

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Esta semana hablé con él por teléfono y sigue siendo el mismo aunque hayan pasado unos cuantos años. Lo conocí cuando era becario, un becario de los que no pasan desapercibidos. El mote se lo ganó a pulso por vestir unos pantalones vaqueros desgastados artificialmente con lejía. Pero no era el color de los vaqueros lo que más nos llamaba la atención a las chicas, sino lo increíblemente ceñidos que estaban sus pantalones a su anatomía. Algunas veces nos sorprendía con unos vaqueros-peto igualmente ajustados a su cuerpo y por supuesto de ese azul clarito forzado por la lejía.

Su carácter estaba marcado por un punto de salvajismo que en contadas ocasiones dejaba entrever y que las más veces se traducía en una postura valiente y atrevida ante la vida. No era dócil, pero una vez que manifestaba su opinión, si tenía que hacer algo lo hacía. Era de fiar y los jefes le apreciaban.

Su beca tuvo un paréntesis para hacer las prácticas de milicias a Cáceres. Su coronel era de las fuerzas especiales y le sometió a un entrenamiento digno de las SAS. En invierno regresó de cumplir con la patria bronceado, curtido por los aires extremeños, en mangas de camisa y luciendo pecho. Estábamos todas acostumbradas al aspecto nerd de los ingenieros y encontrarnos cara a cara con uno mitad bombero mitad legionario nos rompía los esquemas. El revuelo que causó a su regreso entre el sector femenino fue grande y no dejó fría a una de las socias que no paraba de llamarle a su despacho para cualquier cosa.

Era sorprendente su energía para el deporte y su capacidad para comer. Nadaba tan rápido y con tanto estruendo que nos apartábamos de su calle para que no nos arrollase. Respecto a la comida le vi zamparse quince albóndigas después de comerse un plato de lentejas lleno hasta el borde.

Teníamos el mismo jefe y la misma forma de ir de frente por la vida. Nos llevábamos muy bien y continuamos nuestra relación a través de los años. Con el tiempo hemos ido teniendo amigos comunes y hemos coincidido en sitios tan dispares como Sevilla o Santiago de Chile.

Se conserva divinamente con pelo (largo) y sin tripa. Le sigue gustando lucir cuerpazo aunque ha abandonado los vaqueros desgastados con lejía. Se parece mucho a un actor, pero no voy a decir cual para que cada uno haga uso de su imaginación.


¡¡Ni me menees!!

domingo, junio 14, 2009

Carmela

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Nos conocimos cuando estudiábamos COU y vivíamos en la misma residencia en la ciudad universitaria. Ella era de la rama de Letras y yo de la de Ciencias. Aunque no coincidíamos en ninguna clase, disfrutaba de su verbo fluido en los trayectos del autobús, en el comedor y en la reuniones improvisadas que hacíamos en las habitaciones.

Solo se me ocurren adjetivos positivos para describirla: inteligente, brillante, generosa, solidaria, divertida, gran conversadora... Si hubiera que destacar alguna de sus virtudes elegiría su solidaridad, que se salía de la campana de Gauss. Ella estaba siempre pendiente de los demás por si alguien necesitaba ayuda, anticipándose a cualquier necesidad.

Uno de los casos que recuerdo con una sonrisa en los labios fue una misión en la que me enroló para ayudar a unos compañeros ciegos. Todo vino por una tremenda curiosidad que sentíamos acerca de la habilidad que tenían estos compañeros invidentes para estudiar asignaturas como álgebra. Solíamos hablar de ellos en el autobús y en una de estas disquisiciones me dijo que a ellos les vendría muy bien que les ayudáramos a pasar un trabajo de una asignatura a máquina para que tuvieran mejor nota.

Estaba muy liada preparando los exámenes y me resistía a colaborar pero su capacidad de convicción era mayor que mi tozudez y cedí a su petición. Quedamos con ellos en la parada de autobús más próxima a su casa. Todavía recuerdo cómo íbamos en fila india, nosotras delante y ellos detrás con su mano derecha apoyada en nuestro hombro izquierdo, como una fila de elefantes. Cuando entramos en la casa estaba toda a oscuras y no acertábamos a dar un paso. Pidieron disculpas por no haberse dado cuenta de que nosotras necesitábamos luz y cuando la casa se iluminó, ¡oh, maravilla!, en las paredes había los mismos calendarios que puedes encontrar en la cabina de un camión, en un taller mecánico o en repartidor de una central telefónica. Nuestros compañeros que tenían su humor (no sé definir de qué color) debieron de imaginar nuestra cara de sorpresa y dijeron, ¿a qué están muy buenas? mientras que palpaban un calendario. Nunca he olvidado esa tarde tan especial.

Cuando nos volvimos a encontrar quince años después reanudamos la conversación en el punto que la dejamos, como si no hubiera pasado el tiempo. Ella había estudiado filosofía y trabajaba de secretaria de director general, mientras que yo había estudiado informática y me contrataban porque no me faltaba valor para desarrollar un sistema operativo en ensamblador.

Durante este tiempo ella y su marido habían construido con sus propias manos una casa en una urbanización cerca de Madrid. No me imaginaba lo que era capaz de hacer hasta que vi las dimensiones de su mansión, tan grande como su corazón.

No nos hemos vuelto a ver desde que abandoné el paraíso laboral. Cuando habían pasado otros quince años sin vernos empecé a dar clases en la Universidad y quiso el destino que mi compañero de asignatura fuera la pareja de la documentalista del paraíso laboral y me volvieran de golpe todos estos recuerdos. Pensé que era una señal y tenía que volver a verla. Escribí un post pensando en darle una sorpresa pero no lo llegué a publicar porque desapareció de mi portátil sin dejar rastro. Luego lo fui dejando y ¡ha pasado un lustro más!

A la segunda va la vencida. Voy a salvar el post en sitio seguro lejos de mis garras autodestructivas.

¡¡Ni me menees!!

jueves, junio 11, 2009

El paraíso laboral

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Aterricé en el edén laboral el primero de junio. Cuando llegué todos me estaban esperando. Carmela, mi ex compañera de COU, les había puesto al tanto de mi persona humana. Me dieron una vuelta por la empresa y presentaron a todos mis compañeros. Me causó muy buena impresión el ambiente de trabajo.

Así se podría describir cómo era el paraíso laboral en mi primer año currando con rojos:

Ubicación: El espacio, para el que trabajaba

La empresa estaba ubicada la zona de Arturo Soria(1) en un edificio de viviendas con jardín. Ocupábamos la planta baja y el lado derecho del inmueble(2). Los laboratorios, el despacho de los delineantes y la sala de producción se encontraban en la planta baja. En el primer piso estaban los despachos de los ingenieros, en la segunda planta los de los socios de la empresa y en el ático el despacho del director. Los metros cuadrados por persona eran equivalentes salvo el director que tenía un despacho más grande pero con una bañera que le quitaba mucho espacio(3). El mobiliario era igual para todos y todos los puestos de trabajo tenían luz natural.

Clases: Todos proletarios

Allí éramos todos proletarios por lo que no se percibía la opresión de las clases rentistas o hidalgas tan frecuentes en las grandes empresas. El trabajo estaba bien distribuido y todos estábamos ocupados. Tres de los socios que tenían responsabilidades técnicas, mantenían algunos proyectos y se les veía por el laboratorio.

Organización: La célula laboral

No había reuniones. Existía la célula jefe-currito: El jefe te decía lo que se tenía que hacer y el currito podía protestar y blasfemar antes de empezar a hacerlo sin que mediara represalia. Los ingenieros que militaban en el partido entendían mucho mejor el funcionamiento de la célula ya que tenían claro lo que significaba la disciplina.

Relaciones: Hiperconectividad

En las pausas laborales para tomar café o ir a comer se daba asueto a las relaciones sociales. Todos hablaban con todos y nadie se subía a un pedestal para hacerlo. La cafetera estaba en la sala de producción. Allí bajaba todo el que quisiera tomarse un café. La limpieza de la cafetera y la preparación del café correspondía al que la vaciaba. Algunos listillos cuando olían a café recién hecho acudían presto al meeting point antes de que se terminase (4).
Para comer solíamos ir al mismo restaurante y el compañero de mesa era aleatorio y dependía del momento de la llegada. Alguien que observase nuestro comportamiento no sabría distinguir quién era dueño y quién currito.

Actividades extralaborales: La relación más allá del trabajo

Una de las medidas de satisfacción en el trabajo es el índice de relación de las personas cuando finaliza la jornada laboral. Aquí era muy alto: las cuadrillas para tomar tubos, las fiestas en casas de compañeros y todo tipo de reunión que alguno propusiera.
Existía la tradición por parte de la empresa de celebrar una fiesta el 24 de junio. Solo pude asistir a una celebración en mi primer mes de estancia ya al siguiente año se suprimió.
Una verdadera pena porque todas las viandas eran de la pastelería Mallorca y no faltaba el jamón ibérico. Por un día nos sentíamos como satisfechos burgueses.

Tras este escenario de paraíso laboral iré colocando alguno de los personajes que pululaban por allí.

(1) Zona nacional
(2) El lado derecho si se miraba al edificio desde la calle y el lado izquierdo visto desde el jardín. Como siempre hay distintos puntos de vista.
(3) El ático tenía la habítación de matrimonio y cosa de los arquitectos: la bañera estaba colocada dentro de la habitación.
(4) El escaqueo es parte de la condición humana, también se da en los edenes laborales

¡¡Ni me menees!!

domingo, mayo 31, 2009

Currando con rojos

Me rondaba en la cabeza escribir las memorias de los dos años de mi vida que trabajé con “rojos” y la lectura en el diario de un director de Sistemas del post He visto todas las nóminas (o he podido verlo), me ha recordado el final de esta etapa y me he decidido a desempolvar estos recuerdos.


Estando trabajando en Almería y deseando volver a Madrid, recibí una llamada telefónica que me ofrecía un trabajo en una empresa de electrónica industrial. Habían contactado conmigo por medio de una amiga con la que había trabajado unos años antes. Ella había militado en el partido comunista y había pertenecido a la misma célula que uno de los propietarios de la empresa.

Me pareció tan providencial esta oferta que abrí una ronda de consultas con mis amigos para obtener referencias de la empresa (entonces no había Internet). Como las pesquisas me devolvieron una opinión general favorable, volví a contactar con la compañía para mostrar mi interés. Aproveché un viaje de trabajo a Madrid para una primera cita que resultó satisfactoria para ambas partes y terminó en acuerdo. Pasado un mes estaba trabajando allí.

La empresa era propiedad de siete ingenieros, seis procedían de las filas del PCE y el séptimo, que era el director general, de las del PSOE. Los actuales propietarios se habían hecho cargo de la empresa después de una quiebra fraudulenta de los anteriores dueños. En vez de cobrar una indemnización y buscarse otro trabajo se pusieron al frente de la empresa y mantuvieron la plantilla formada en gran parte por militantes del PCE. De esta manera pasaron de formar parte del comité de empresa a ser el comité de dirección.

La empresa salió a delante e inició su expansión. Durante este tiempo habían ido bajado las vocaciones políticas de los ingenieros para militar en el partido y el mercado solo ofrecía tecnólogos sin interés por la política como yo. Cuando me incorporé a la compañía el color rojo de la plantilla había empezado a desteñirse con los nuevos fichajes.

La primera alegría del nuevo trabajo fue reencontrarme con Carmela, una muy querida ex compañera de COU. Mi jefe era "el número uno" de su promoción y me integré rápidamente en el equipo. Hice amistad con las chicas de producción, los de Hardware y los delineantes. Conocí a personajes tan curiosos como el Legías, El Bengo, Paco Lenin o las mofetas.

Me parecía mentira trabajar en este extraño ecosistema laboral, rayando con la utopía. Había un horizontalidad en el trato entre dueños y trabajadores insólita. En los dos años que estuve allí pude vivir la transformación de la utopía a la realidad de la mano del nuevo edificio de la empresa que puso en evidencia que todos somos iguales pero unos eran más iguales que otros.

En las siguientes entregas iré contando, no sé en qué orden, estos años en los que curré con rojos.

¡¡Ni me menees!!

sábado, mayo 23, 2009

El traje café con leche

Llevo años pensando en escribir sobre el traje café con leche y esta semana taurina, tan aciaga, tengo la suficiente bilis(1) para soltarme la lengua, digo la pluma.



En primavera vienen los primeros calores de la mano de la Feria de San Isidro. Los "caballeros del todo Madrid" sacan una vez más del armario ese traje café con leche para lucirlo en los toros. Pocos hombres son capaces de lucir este tipo de trajes con elegancia y los pocos que hay suelen ser de nacionalidad italiana. Por este motivo los ejemplares masculinos que se ven por Las Ventas están años luz de la percha que ilustra este post y el taje les queda tan reventón como ese clavel que lucen en la solapa.

Durante el invierno, las comilonas, los güisquis y esa dejadez deliberada en el cuidado de su aspecto van ensanchando cada año su cintura. Cuando llega el momento de ponerse el traje tienen que sacar pecho y esconder tripa para abrocharlo, con el consiguiente riesgo de que los botones sean lanzados en propulsión como una bala ante la más mínima relajación.

En las tardes que vienen las figuras del toreo hacen su aparición en los tendidos de sombra embutidos su traje, con un clavel en la solapa que hace compañía a un puro tamaño XXL que sobresale del bolsillo superior de la chaqueta. No es un público entendido, simplemente cumplen con el trámite social de dejarse ver por los toros porque el que no tiene abono o alguien que le invite está socialmente muerto en Madrid.

Son la perdición de la Feria de San Isidro porque contribuyen a que las entradas de los toros sean un recurso comercial. Unos lo utilizan para obsequiar a los clientes y otros para dejarse agasajar. Ellos lo aplauden todo a pesar de los toros cadavéricos que salen cada tarde y los carteles cada vez más mediocres. No en vano sienten cierta empatía por los empresarios de la plaza porque tienen el misma preocupación por los beneficios.

Vaya para ellos todo mi desprecio, que según dice Eduardo Punset, es lo peor que se puede sentir por alguien.


(1) Más bien mala leche pero resultaría un poco cacofónico y mi amiga Pi desaprobaría el exabrupto

¡¡Ni me menees!!

domingo, mayo 17, 2009

Tragaderas


Cuando era pequeña atravesé una mala racha de salud y perdí prácticamente el apetito. Mi madre preocupada por mi delgadez intentaba sobrealimentarme con mil trucos. Uno de ellos consistía en poner una yema de huevo en mi leche con colacao que era una de las pocas cosas que tomaba sin mostrar aversión.

Cuando la leche con colacao venía con compañía, veía con animosidad las amarillas briznas de yema flotando en la superficie de la leche chocolateada y a la boca del estómago se me cerraba por completo. Imploraba a mi madre que no me diera tal brebaje pero ella, con firmeza, aseguraba que la leche no llevaba más que colacao. Con lágrimas en los ojos y entre arcadas me tragaba la leche y la mentira de mi madre.

Aquello potenció la estrechez de mis tragaderas y me quedó un aborrecimiento total a todo tipo de grumos físicos y psíquicos. En la cocina me convirtió en un obsesa del colador y el chino y en la relaciones una actitud escapista de las personas o situaciones poco claras.

Tengo muchas dificultades en de tragarme una bola y sufro enormemente al hacerlo. Pero la vida es cruel y a veces te pone en situaciones en la que no tienes más remedio que tragar. Hace poco en un torneo de golf tuve que marcar a un jugador que estaba recuperándose de un derrame cerebral. Tenía mucho mérito que con su limitación jugase un torneo y más merito hubiera tenido si no se contara golpes de menos. Me vi en la tesitura de llamarle la atención como su marcadora o hacerme la tonta y dadas las circunstancias, opté por lo segundo. Lo pasé muy mal, recordé ese vaso de leche con yema y sentí la misma náusea.

Esta dificultad para tragar limita la vida social y laboral ya que unas buenas tragaderas (algunos le llaman flexibilidad) abren muchas puertas. Sin embargo, he conseguido sobrevivir sin tragar demasiada quina y espero poder seguir haciéndolo.

¡¡Ni me menees!!