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lunes, septiembre 15, 2008

Atrapada en el tiempo


Leí el post de S.M. sobre el libre albedrío justo cuando no había transcurrido un día desde que el Destino se había reído en mi cara una vez más. Como Telémaco, estoy atrapada en la maldición de la piedra de Sísifo, que me encadena a una vida tan recurrente como la del personaje Phil Connors en la película El día de la Marmota.

Me gusta ser dueña de mi vida, me irrita que otros decidan por mi. Mi condición de Capricornio, símbolo de tierra donde los haya, me hace tener los pies en el suelo y la cabeza pensando en mi plan estratégico vital. Mi carácter perseverante me ayuda a caminar por la senda trazada. Sin embargo, el resultado es volver al punto de partida aún caminando en línea recta.

Me cuesta creer que sea fruto de la casualidad que cualquier plan destinado a salir de mi entorno me lleve a permanecer en él, con los mismos personajes y en las mismas circunstancias que me han incitado a la huida.

He ido cambiando mi actitud en cada una de las iteraciones pasando de la rebeldía inicial a escuchar los consejos de mi amiga Pi que me sugería que lo aceptase para que finalmente se diluyese. Pero en la última iteración, cuando daba todo por concluido y había señales de una nueva vida, he vuelto a ver la sonrisa de profiden de mi Destino y he escuchado las carcajadas de mis amigos, que incrédulos, lloraban de la risa.

Me voy a hacer mirar esto del Karma y ya tengo cita con una especialista esotérica. Mientras, voy a precisar de esta medicina que circula por Internet para relajarme un poco.

¡¡Ni me menees!!

martes, enero 15, 2008

El síndrome de Almería II


Aún me faltaban dos años para entrar en la tercera década y ya tenía mi vida encauzada. Había entrado en la fase de crecer y multiplicaros y ya éramos padres de dos hijos y uno en camino. Vivía de alquiler en una bonita y céntrica urbanización con piscina, disfrutaba de mi trabajo, en el que la penuria del salario era suplida por un aprendizaje continuo y por estupendos compañeros (a eso lo llaman salario emocional). No nadaba en la abundancia pero vivía el presente feliz y sin miedo al futuro.

Hasta ese momento los únicos sobresaltos eran las visitas al hospital infantil del Niño Jesús en el que nuestros hijos tenían un abultado historial médico. Pero de repente el Destino nos dio una sorpresa con dos caras: a mi marido le surgió la oportunidad de alcanzar su sueño de trabajar en una presa(1), pero tenía un precio que era Almería. Podía elegir entre la presa de Cuevas de Almanzora(2) o la de Beninar. Este suceso alteró nuestra vida en familia tan tranquila hasta la fecha. Había que tomar una decisión y se tomó: destino Almería.

En verano mi marido se trasladó a Adra, y alquiló un piso. Las vacaciones de verano las pasamos allí. Me volví sola a Madrid, a trabajar, mientras que la familia permanecía en Almería. En noviembre nos reunimos de nuevo en Madrid el día que nació mi hija pequeña.

La baja maternal la pasé en Adra. En ese periodo surgió un trabajo que me venía como anillo al dedo en una entidad Local. Lo conseguí y no sin pena dejé mi trabajo en Madrid. Ya estábamos encadenados laboralmente en Almería.

Lo recuerdo como una jaula de oro. El clima de la zona, salvo el viento de poniente, era magnifico, nunca llovía y solo había dos meses un poco fríos. La vida era muy tranquila y fácil. Los niños mayores iban a una guardería preciosa al lado del mar. La pequeña me la cuidaba una persona estupenda mientras yo trabajaba por las mañanas. Salíamos todos los días a tomar cañas, las tapas eran antológicas, como las de Granada. Formábamos la colonia "de la presa", todos eran del gremio de la construcción. Solo ampliamos el círculo de amistades con los padres de unos amigos de nuestros hijos que eran de Huelva y que estaban dando clase en el Instituto.

Trabajaba directamente para un político, el vicepresidente de la entidad. Era más joven que yo pero tenía más conchas que un galápago. Eran los tiempos en que se estaban creando las condiciones que desembocarían en sucesos como el Caso Juan Guerra. Pude ver en barrera a los políticos que había votado en el 82 para darle la razón a un amigo mío que me llamaba portuguesa (a Felipe de habían votado los españoles ilusos).

Echaba de menos Madrid, su agua, sus churros y su anonimato. En Adra vivía como en un escaparate. No podía hacer nada sin estar en boca de todos. Un día que fuimos un grupo de amigas a un Pub a ver la película Oficial y caballero en la que salía Richard Gere sin canas, nos pusimos a charlar y nos dieron las cinco de la mañana. Al día siguiente todo el mundo estaba cuchicheando y el marido de una de las contertulias estaba molesto por el qué dirán. Me mudé a Aguadulce, pero fue peor porque allí estaba muy sola.

Añoraba a mis antiguos compañeros, y mi trabajo de I+D. Empezaba a estar harta de las mentiras del político que justificaba diciendo que "una cosa es la voluntad política y otra la realidad". Mi marido empezó a aburrirse del trabajo en la presa y empezamos a hablar de volver a Madrid y a buscar trabajo allí. Esta vez Almería se portó bien y nos dejó volver a la capital.

El 1 de junio de 1986 comenzamos una nueva vida laboral en Madrid, yo en la privada y él en la pública.

Post relacionados:
El síndrome de Almeria
Historias de una casa


(1) Es ingeniero de Caminos de la rama de hidráulica.
(2) Donde me curaron la fractura de Colles

¡¡Ni me menees!!

viernes, diciembre 14, 2007

El síndrome de Almería


Dedicado al mago Zifnab que se ha evaporado sin que me de tiempo a contarle el influjo de Almería en mi vida.

Pensaba escribir cronológicamente la influencia de Almería en mi Destino comenzando por el post historia de una casa (una de amor), pero un suceso ocurrido recientemente le ha dado la vuelta a mi intención como a un calcetín. Empezaré por el final y bucearé en las raíces de mi extraño síndrome de Almería.

El pasado puente de la Constitución me llevó de nuevo a Almería a participar en un torneo de golf. Era un buen paréntesis en mi agitada vida de triple play como estudiante, profesora y trabajadora. Me merecía un descanso pero no un giro total hacia el cero play.

Todo ocurrió el día de La Inmaculada, día 8. En el hoyo 2 me resbalé y al poner la mano para amortiguar el golpe, me lesioné. Mi mano derecha quedó extrañamente unida a mi brazo y acudió solidariamente en su ayuda mi mano izquierda para sustentar esta unión. Me llevaron en buggy a la casa club y desde allí una ambulancia me condujo al ambulatorio del pueblo más cercano, Vera. Con el diagnóstico de fractura de Colles me trasladaron al hospital de La Inmaculada(1), en Huercal-Overa.

Me atendieron bastante rápido y bien. El traumatólogo de guardia me inspiró mucha confianza. Me pusieron anestesia local y me redujeron la fractura como si jugaran al tug of war con mi brazo, a un lado dos ATS, al otro, el traumatólogo. Quedó el juego en empate, el hueso en su sitio y mi brazo envuelto en blanco yeso. Al dar las gracias al médico de guardia por una atención tan eficaz, me refunfuño que habría sido más rápida si funcionase la informática como Dios manda. Me fijé que llevaba una chapita prendida en la bata que decía: "por unas urgencias dignas". Callé mi condición de informática, lamenté que a veces la tecnología sea más una barrera que una ayuda.

Almería me ha dejado esta vez con una sola mano para afrontar mis quehaceres. Con la baja laboral alguna amenaza se cierne en mis futuras actividades y no sé las consecuencias que puede acarrearme. Mis alumnos se quedan huérfanos de tutorías y a mi faceta de estudiante le faltan dedos para finalizar el trabajo de Doctorado.

Tendré que adaptarme, ¡qué remedio! Pero a Dios pongo por testigo que no volveré a Almería para ser dueña de mi Destino.

Continuara la historia hacia atrás...


(1) Curiosa coincidencia de nombres.

¡¡Ni me menees!!